01/07/2026
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A veces sales del algoritmo, me pasó el otro día, que tenía una celebración importante y quise llevarle un toque personal, unas cajas de puros para regalar después de la cena, mesa por mesa. Según mi hermana, al abuelo le gustaba repartir. “¡Debe ser la genética!”, me dice.De vez en cuando voy al estanco del barrio a comprar unos pitillos baratos que se llaman Punch y que hacen mucha compañía. El estanco es pequeño como un confesionario, la gente tiene que entrar por turnos, y señalan con el dedo, al otro lado del mostrador, sus pecados del tabaco o del juego. “Para los puros que pides –me dice la estanquera– tendrás que ir a s’Agaró.”

El estanquero de s’Agaró me hizo entrar a su gran cava, con las paredes de vidrio. Me aconsejaba y me abría cajas de puros como cofres del tesoro, unas cajas de cedro preciosas, con la orla de medallas doradas impresa en la tapa todo alrededor del dibujo de la marca, los puros vestidos de etiqueta, arremolinados en posición de firmes como soldaditos de plomo en formación, hombro con hombro, cada uno con su anillo dorado. Cajas de puros como estuches de joyas que se volverán humo y se desatarán del peso culpable del oro. Más que una cava era una cueva de maravillas, como si el estanquero me hubiera abierto la puerta a un paraíso de lujo y de placeres, un bosque mágico con los troncos en forma de puro y las hojas anchas del tabaco ya curadas y oscuras, una selva tropical repartida en cajas y ordenada en vitrinas de biblioteca, un museo de aromas exóticos de Cuba, Nicaragua y la República Dominicana, un catálogo de nubes enrollados a mano.Al final me llevé un par de cajas de Romeo y Julieta Mille Fleurs, cuyo nombre ya embriagaba. La celebración era una cena con mesas fuera. De postre, pues, hice como mi abuelo, al parecer, que iba ofreciendo habanos mesa por mesa como un vendedor de enciclopedias un poco animado por el vino, explicando a los invitados que el humo no debe tragarse y cantando las virtudes y la complejidad de los habanos como un experto o un sumiller del tabaco y, en el fondo, sin tener ni idea. Pero ya no estamos en los tiempos de nuestros abuelos, y a duras penas llegué a colocar un puro por mesa, la gente no fuma y, encima, no lleva encendedor. También he de decir que los que me creyeron después estuvieron más que agradecidos por aquel placer inesperado, quizás de otros tiempos, pero de una vigencia absoluta, incluso necesaria. Las nubes de humo me decían en qué mesas había un cielo, y, los torteroles, qué bocas estaban forradas de musgo por dentro. 

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