El Ayuntamiento de Barcelona, con el Barcelona Knowledge Hub de la Academia Europea (gestionado desde la Fundació Catalana per la Recerca i la Innovació), concede con periodicidad anual el Barcelona Hypatia European Science Prize a un investigador radicado en Europa (no necesariamente en la UE-27). La existencia del premio responde a una opción estratégica por parte de un ayuntamiento interesado en resaltar la capitalidad científica de su ciudad. Los premios dan reconocimiento y crédito a quien los recibe, pero también a quien los otorga. En el mundo hay muchos premios científicos, pero son típicamente de ámbito internacional, estatal o subestatal. Hay muy pocos de ámbito europeo. Es una carencia sorprendente (la UE tuvo pero, no sé por qué, los suprimió) y una oportunidad para el premio Hypatia, que ya ha cubierto seis ediciones, para imponerse como referente europeo. La reputación de un premio la da el listado de sus receptores. Y aquí la trayectoria del premio ha sido muy buena. En los seis casos el jurado ha sabido elegir bien. Entre los galardonados, László Lovász recibió con posterioridad el premio Abel (el Nobel de las matemáticas), Nancy Cartwright el del BBVA, y en septiembre de 2025 el jurado lo confirió a Philippe Aghion, economista francés, que un mes más tarde recibió el Nobel. Un efecto colateral positivo del premio es que los galardonados estrechan las relaciones con Cataluña. Así, Aghion recibió el premio el 15 de junio en una ceremonia solemne en el Saló de Cent, y el 16 hizo una presentación en el Cercle d’Economia y el 17 otra, más académica, en el Summer Forum de la Barcelona School of Economics.
Cuando la Academia Sueca concedió el Nobel a Aghion –con Peter Howitt– por su contribución a la economía de la innovación a partir del concepto de la destrucción creativa, ya publiqué un artículo (19-10-25) dando cuenta de ello. En el Saló de Cent y en el Cercle defendió un par de ideas para la política económica europea que siguen de su visión. Son las que comentaré hoy.
La primera es que, para garantizar una buena dinámica de innovación, Europa necesita política de competencia. Es decir, normas y acciones dirigidas a contener el poder de monopolio que, entre otros efectos nocivos, puede ralentizar, por no amortizar el capital instalado, la incorporación de nuevas y mejores tecnologías. Ahora bien, nos dice Aghion, conviene hacerlo sin condenar a las empresas europeas a no poder explotar las economías de escala que las harían competitivas en el mundo. He aquí, pues, el dilema: permitir empresas de una dimensión muy elevada en relación al mercado europeo y al mismo tiempo evitar los precios de monopolio y la poca brillantez innovadora. Su fórmula: mantener nuestro mercado abierto a la competencia internacional. Evitar el proteccionismo evitando aranceles o regulaciones que blinden el mercado interior a las empresas propias, por más grandes que sean. No es receta fácil, porque la imaginación de las grandes –e influyentes– empresas a la hora de justificar medidas protectoras que inflen sus beneficios es notoria. Pero si no las resistimos, tendremos una Europa de precios altos y de poca innovación, una trampa de la cual será difícil salir.
La segunda idea es que tanto la política de innovación como la de autonomía estratégica, hoy indispensable, requieren que Europa no sea tímida en la práctica de la política industrial. Estoy de acuerdo, pero creo que es aconsejable mantener alguna cautela.
Una de estas cautelas deriva de la primera idea de Aghion. La autonomía estratégica puede invocarse –de hecho, sin recurrir a mucha imaginación– para exigir medidas de protección que generen poder de monopolio. A mi parecer, si no ejercemos la política industrial con mucho cuidado, podemos sucumbir, en nombre de la autonomía de Europa, a una variedad de proteccionismo que la condene a perder el tren de la innovación y, con ella, de la prosperidad. Las consecuencias desastrosas de la decisión alemana de confiar a Rusia la provisión de energía pueden llevar de rebote a una doctrina de prudencia extrema que niegue a Europa las oportunidades que ofrece la división internacional del trabajo. Diría que la política de autonomía estratégica debería orientarse según el siguiente principio: Europa debería mantener abiertos sus mercados a la competencia y a la inversión internacional y, por lo tanto, aceptar la posibilidad de situaciones disruptivas, pero al mismo tiempo debe disponer de capacidades que permitan restaurar o sustituir el quebrantamiento de vínculos económicos en un tiempo relativamente breve, y así limitar el coste de la disrupción. Como explicaré en un próximo artículo, las implicaciones de este principio no son en absoluto menores.