13/12/2021

Deconstruir una fobia

4 min
El líder  de Ciutadans en Cataluña, Carlos Carrizosa, en el Parlamento  en una imagen de archivo.

¿Qué nutre esta fobia tenaz y rencorosa? Si la salud pletórica del castellano en Catalunya es una evidencia para cualquier observador decente (para quien examine las audiencias televisivas, para quien mida las ventas de libros, para quien frecuente el cine o las plataformas, para quien vea en qué lengua se redactan las sentencias judiciales, para quien ponga la oreja en los transportes públicos, en los mercados, en los pasillos universitarios...), ¿cómo puede ser que todavía haya quien denuncia una y otra vez la “persecución del castellano” en nuestro país? Después de cuatro décadas en las que la inmersión lingüística ha mostrado sus límites y sus debilidades, ¿por qué todavía hay individuos o colectivos que la combaten como si fuera una forma de tortura, una violación de los derechos humanos, como si pretendiera extirpar de las conciencias infantiles la lengua materna castellana? ¿Cuántos niños, adolescentes y jóvenes hay que, debido a la teórica –muy teórica– inmersión escolar, han cambiado de lengua habitual, y ahora hablan a sus padres o abuelos en la de Verdaguer, en lugar de hacerlo en la de Cervantes?

Naturalmente, las causas del fenómeno, que tiene raíces pluricentenarias, son diversas y complejas, y no pretendo analizarlas exhaustivamente. Empezando por la más superficial, sin embargo, están los esfuerzos desesperados de Ciutadans por hacer de la cuestión de la lengua y del episodio concreto de Canet de Mar el trampolín de un resurgimiento electoral que salve a los naranjas de la extinción. Después de haber abusado hasta el ridículo del concepto de delito de odio, ahora los de Carrizosa y Arrimadas empiezan a hacer lo mismo con el concepto de acoso. Porque si la difusión de dos tuits contra una familia –sobre la cual solo se sabe la filiación del padre a Ciutadans– constituye acoso, persecución y apartheid, entonces todos los que tenemos la más mínima proyección pública y, debido a ello, merecemos tuits hostiles o comentarios insultantes debemos de estar asediados, y no hay en toda Europa suficientes policías para protegernos.

Quizás las Inés, los Carlos y los Nachos todavía recuerdan cuando alardeaban de liberales y centristas. Ahora, quien les arrebata los votantes más motivados es la ultraderecha de Vox, y ante esta no valen medias tintas. Por eso el otro día en Bruselas, acompañados por José Ramón Bauzá (el expresidente balear por el PP, el farmacéutico de la pulserita rojigualda), pidieron a la Comisión Europea “acabar con la inmersión”. Cuando se sinceren del todo, e Ignacio Garriga recolecte algo más, exigirán “acabar con el catalán”.

Pero este discurso tanto radical como mentiroso no se mueve en el vacío, sino dentro de un caldo de cultivo mediático propicio al 100%. No copiaré aquí el artículo delirante y abyecto de un individuo llamado José F. Peláez que Àlex Gutiérrez recogía en el Paren las máquinas del sábado; un texto aparecido en el Abc pero que era digna del Völkischer Beobachter de Goebbels. El mismo día, un digital madrileño más discreto titulaba: "Garzón se mete en la polémica del castellano en los colegios catalanes". ¿Qué pasa, que el ministro de Consumo no tiene derecho a opinar sobre un tema en el cual ha metido baza todo el mundo? No, el problema es que, según Alberto Garzón, el español no corre peligro en ninguna parte de España y, “de hecho, goza de enormes privilegios frente a otro tipo de lenguas”. Por eso, porque contradice el dogma, su comentario “se mete”, está fuera de lugar. Este es el frame...

Y claro, si una inmensa mayoría de periodistas y opinadores españoles cultivan este discurso del supremacismo castellano y del desprecio lingüicida contra el catalán no es tan solo para estar en sintonía con la mayor parte de jueces y magistrados. Es sobre todo porque el público se lo compra. Porque la idea de que, dentro de un estado fuerte y destinado a durar, solo pueda haber una lengua seria constituye un atavismo en el país con capital en Madrid. Podemos remontarnos a Nebrija, a Felipe V, al conde de Romanones, al general Primo de Rivera o a Franco con sus esbirros y colaboradores. Todos creyeron que la existencia de la lengua catalana era un problema que solo se podía resolver por residualización y muerte y cada uno lo intentó con los medios disponibles en su tiempo y desde su posición respectiva.

Y bien, si esto era así antes de que existiera el catalanismo, y también cuando el catalanismo era prudentemente autonomista, ¿qué no ha de pasar ahora? Nadie en las filas del nacionalismo español lo reconocerá en voz alta, pero muchos están convencidos de que arrinconar el catalán, disminuir su conocimiento y uso, marginalizarlo, es el método más eficaz a medio plazo para acabar con el independentismo. Recordemos que, según las encuestas, el nivel de coincidencia entre catalanoparlantes e independentistas bordea el 80% y que, a diferencia del caso irlandés, aquí no es imaginable una independencia en castellano. Se trata, pues, de aplicar su viejo aforismo: Muerto el perro, se acabó la rabia.