La llegada a la Luna en 1969 fue una gesta tecnológica, pero sobre todo política y simbólica. Surgió en un mundo polarizado donde cada avance científico era, o quería parecer, una demostración de fuerza. En aquel contexto, los Estados Unidos convirtieron el programa Apollo en una operación prioritaria. Había que demostrar que su modelo social, económico e ideológico era capaz de conseguir aquello que la Unión Soviética no podía, y subrayar de la manera más teatral e incontestable posible la superioridad de un sistema político. La presión generó una concentración de dineros y una voluntad colectiva que hoy cuesta imaginar. Eran los felices años sesenta, sí, pero lo que subió la broma resulta desconcertante: durante el momento álgido del programa Apollo, entre 1964 y 1966, el presupuesto de la NASA llegó a representar entre el 4% y el 4,5% del gasto federal y aproximadamente el 0,8% del PIB de los EE. UU., que entonces era, y con muchísima diferencia, el país más rico del mundo. Se trataba de una millonada desproporcionada, pero, aun así, tuvo poca oposición. La tecnología disponible en aquel momento –ordenadores con una capacidad ridícula, materiales aún en fase experimental, etc.– también desconcierta, pero la determinación política y social era absoluta. El riesgo se asumía como parte del proyecto, y la sociedad aceptaba una dosis de audacia casi suicida, que hoy quizá no se aceptaría.El Artemis II, en cambio, se inscribe en el seno del “nuevo desorden mundial”, donde la lógica de bloques ha sido sustituida por una multiplicidad de actores, intereses y prioridades a menudo contradictorias. La carrera espacial ya no es un gran duelo ideológico, sino un modesto futbolín de competencia económica y exhibición tecnológica. Las agencias espaciales deben justificar cada euro invertido ante opiniones públicas fragmentadas por un ecosistema mediático que exige resultados inmediatos y fotogénicos. La tecnología es inmensamente superior –sistemas de inteligencia artificial de última generación, materiales ultrasofisticados, simulaciones que anticipan miles de escenarios–, pero la voluntad colectiva es más difusa. El riesgo, que en 1969 era un elemento excitante inherente a la epopeya, hoy se percibe de una manera muy diferente. La paradoja –tecnología exponencialmente más avanzada, pero gestas percibidas como menos épicas– revela un cambio profundo en la mentalidad posmoderna.
En 1969, la Luna era un símbolo de futuro; hoy solo es un objetivo técnico dentro de un mundo saturado de urgencias. Se inscribe en un ecosistema de propósitos fragmentados y sin bloques definidos, en una constelación de actores –estados, empresas privadas, etc.– que proyectan intereses diversos y nada líricos sobre el espacio: minería y cosas por el estilo. La misma idea de ir a Marte se formula en términos puramente extractivos: obtener piedras raras, asegurar ventajas industriales, aparte del aditivo turístico relacionado con las fantasías que ha ido normalizando la ciencia-ficción desde hace décadas. Digo esto último pensando en algo que se ha querido borrar de la memoria colectiva: la estafa monumental del proyecto Mars One, ideada por un ingeniero neerlandés llamado Bas Lansdorp. ¿Se acuerdan?Mars One fue presentado como un proyecto visionario para establecer una colonia humana en Marte, pero, con el tiempo, se reveló como una gran tomadura de pelo. La empresa prometía un viaje sin retorno financiado por un reality show de Endemol, pero no disponía ni de la tecnología, ni de la financiación, ni de soporte científico ni de nada de nada. Diversos expertos aeroespaciales denunciaron que los planes resultaban inviables y que los presupuestos anunciados eran completamente irreales. Mientras tanto, miles y miles de aspirantes incautos de todo el mundo pagaban cuotas de inscripción y participaban en falsos procesos de selección. En 2019, la compañía quebró, confirmando que el proyecto nunca había pasado de ser una farsa disfrazada de epopeya espacial.Dicen que cuando el sabio señala la Luna el tonto mira el dedo. Yo creo que antes de mirar el dedo o la Luna, lo que hay que escrutar con atención son las razones por las cuales alguien señala proyectos que no se sabe muy bien para qué sirven. Se habla de colonizar Marte como quien pela mandarinas, olvidando que el ser humano es el resultado de un proceso evolutivo asociado a la gravedad de la Tierra. En el espacio pierde aproximadamente un 2% de la masa ósea al mes y experimenta una importante atrofia muscular al poco tiempo. Un detallito sin importancia... Ya lo resolveremos con "píldoras de astronauta": aunque no existían, cuando yo era pequeño fueron muy populares.