Despertar a tiempo
Decía Albert Einstein que “si la Luna tuviera conciencia, estaría convencida de que su giro alrededor de la Tierra es libre”. ¿Y los humanos? Hemos elevado nuestra condición por encima de la de los demás habitantes del planeta, consagrando como referente de nuestra manera de estar en el mundo el ideal de la Ilustración: la capacidad de pensar y decidir por nosotros mismos. Pero el día a día pone en evidencia que estamos lejos de cumplir con esta referencia; somos una especie articulada sobre el poder –la diferencia de potencial que contiene cualquier relación– y los abusos que se derivan de él. Y, si tiene razón Voltaire cuando dice que “los humanos no tienen ningún remordimiento de las cosas que tienen costumbre de hacer”, queda todavía mucho campo por recorrer. Hay que ir con mucho cuidado. Reinhart Koselleck lo decía de manera más sofisticada, en el relato del sueño de un médico alemán: “Después de la consulta, hacia las nueve de la noche me tiendo en el sofá con un libro sobre Matthias Grünewald, y de pronto mi habitación, toda mi casa, se queda sin paredes. Oigo el ruido de altavoz: por decreto se suprimen las paredes hasta el 17 de este mes”. Las paradojas de la condición humana: sin paredes no hay libertad, a pesar de que las paredes son el instrumento más habitual para aislar al ciudadano y dejarlo sin espacio para hacer la suya. Trasladado a la actualidad, Ulrich Beck lo decía de manera más prosaica: “Vamos hacia un autoritarismo estatal que, puertas afuera, se adaptará a los mercados mundiales y, puertas adentro, se comportará autoritariamente”. Lo vemos día a día. Y la prueba es que cada día hay menos democracias y las que quedan están anquilosadas, en unas sociedades que no tienen ni siquiera impulso para frenar la penetración de las extremas derechas.
La contradicción la describe Montesquieu: “El hombre, como ser, es, como todas las cosas, gobernado por leyes invariables. Y como ser inteligente viola constantemente las leyes que ha establecido y cambia las que él mismo establece”. Lo cual es la enésima expresión de la cuestión central (y aporética) de la condición humana: sin poder no hay libertad, pero el poder limita la libertad. Y es esta realidad la que hace decir a Alexis de Tocqueville que “el que busca en la libertad alguna otra cosa que ella misma está hecho para servir”.
Dejemos la conclusión a Claudio Magris: “Este principio de milenio dependerá de cómo nuestra civilización resuelva este dilema: combatir el nihilismo o llevarlo hasta sus últimas consecuencias”. Es la pérdida de la noción de límites lo que amenaza la trayectoria de la especie sobre el mundo, y que ahora genera alarmas exponenciales por la potencia adquirida por la vía tecnológica. Ahora mismo la inteligencia artificial está en el centro de la inquietud sobre la suerte de la especie humana. Estamos en manos de quienes la configuran. ¿Nos dejaremos reemplazar por unos artefactos montados sobre la combinatoria de información que no tienen ni curiosidad, ni sentimientos, ni pasiones, ni sensibilidad? ¿Y que, en manos de determinados poderes, pueden tener efectos demoledores sobre este pequeño tesoro que nos debería distinguir y honrar, que es la capacidad de pensar y decidir por nosotros mismos? Puede llegar un día en que nos lo den todo decidido y nosotros despistados, sin querer (ni poder) ver lo que se nos escapa. La simple y precaria libertad de un ser desbordado por sus prótesis y por quienes tengan el control. Una versión sofisticada del totalitarismo que domesticarà a las personas a conveniencia y sin espacio para la crítica, la revuelta o la protesta. El mundo que viene, si no despertamos a tiempo.