Dibujar el país: trenes seguros, ciudades maduras

Un tren de Cercanías en una imagen de archivo.
Arquitecta
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El Laboratorio de Urbanismo de Barcelona (LUB) contribuyó al Congreso de Cultura Catalana de 1975 a 1977 con una exposición de planos de ciudades y comarcas catalanas, que se llamó La identidad del territorio catalán: las comarcas. No he encontrado imágenes de la exposición, pero sí la recopilación de planos que varios arquitectos dibujaron con muchísimo ingenio, con ganas de destilar la verdadera identidad del territorio catalán, que nada tiene que ver con lo que se construye en Estados Unidos o en el norte de Europa. El clima, la orografía y los recorridos del agua han marcado la forma de las ciudades que hoy disfrutamos. Todo ello quedó plasmado en la revista Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo, en dos números dedicados a la identidad del territorio catalán y las comarcas, el año que yo nací, en 1981. No se han vuelto a dibujar unos planos tan gráficos desde hace 45 años.

Todo el mundo tiene en la cabeza el dibujo de Barcelona: la estrella de Ciutat Vella, el Eixample, las villas de Gràcia, Sarrià, Sant Andreu, Collserola y los dos ríos. La Diagonal, la Gran Via y la Meridiana son los ejes mentales a partir de los cuales todo el mundo puede atravesar la ciudad, y con las nuevas Glòries y la Sagrera, la ciudad bascula hacia el este.

En cambio, es mucho más difícil dibujar a Catalunya. La cartografía que nos ofrece Google Maps es muy estéril: fotografía aérea, malla de calles, lugares donde gastarse los ahorros e itinerarios a escoger para llegar de un sitio a otro. Son mapas del consumo. Pero no dicen en qué se diferencia la Garrotxa del Maresme a primera vista. Aquellos dibujos antiguos del LUB permiten entender, en dos segundos, dónde están los caminos, dónde hay cursos de agua, dónde hay colinas y dónde cultivos de huertas, qué formas tiene la propiedad (¿parcelas muy grandes o muy pequeñas?)... Estos planos dicen muchísimas cosas sólo con la técnica del blanco y el negro. Los dibujos explican claramente que las ciudades catalanas tienen formas muy diversas, categorizadas por Rosa Barba en el modelo lineal (Granollers), el radial (Vic), el concéntrico (Mataró), el direccional (Vilanova y la Geltrú) y el dual (Balaguer).

Ya entonces surgía el dilema entre macrocefalia barcelonesa y ciudades catalanas. Joan Busquets sugería que la concentración de densidades e infraestructura en Barcelona tiene unos costes sociales muy altos. Si, además, le sumamos la actual presión de los precios de la vivienda, podemos añadir a las consecuencias del modelo de la Gran Barcelona la expulsión de familias en edad de crianza y de las personas mayores.

Busquets sostenía que el gasto en metro, rondas, ferrocarriles, nuevos accesos rodados y túneles a Barcelona había hecho posible la expansión del "suburbio comarcal" en el Baix Llobregat y el Barcelonès como residencia de los trabajadores, con la generación de unas periferias caóticas y un drenaje de recursos que no se invertían en la de Catalunya. Un modelo que consumía mucho suelo y no era capaz de generar grandes espacios públicos de calidad.

Busquets proponía una idea sugerente, que creo que nunca se ha llegado a dibujar, o que en todo caso no se ha dibujado con una imagen gráfica potente que puedan retener a todos los catalanes cuando tengan que explicar el modelo de país. Que las treinta ciudades fuera del cinturón barcelonés entre 10.000 y 100.000 habitantes tenían el potencial de ser, en su conjunto, la segunda capital de Catalunya. Creo entender lo que quería decir: ciudades maduras con capacidades muy elevadas de crecimiento que no habían sufrido las barreras generadas por las grandes infraestructuras que atraviesan la metrópoli, y que habían ido creciendo de forma más o menos estructurada entre los años 1930 y 1950: Badalona, ​​Sabadell, Terrassa, Lleida, Tarragona, Mataró.

Londres pudo representarse con un diagrama universal cuando Harry Beck inventó el mapa del metro de la ciudad, en 1931, obviando expresamente las distancias entre paradas y utilizando líneas horizontales, verticales y diagonales para representar las diferentes líneas, cada una de un color diferente. Un mapa que aún sirve, cien años después, para cualquiera que desee atravesar la ciudad en poco tiempo. Una forma de dibujar los barrios que todas las ciudades han imitado después.

Es muy sorprendente que, durante los años en que el Proceso estaba en auge, nadie fuera capaz de producir la imagen necesaria de un territorio catalán articulado entre trenes y ciudades, capaz de generar una identidad nacional que no dependiera de la macrocefalia de Barcelona. Creo que este dibujo es el que hace falta encargar ahora: el de las conexiones seguras y puntuales entre ciudades maduras, con las líneas de tren actuales y futuras, y con las ciudades que están llamadas a distribuir mejor la prosperidad en todo el país. Y con más razón ahora, cuando esta triste crisis ferroviaria pide tomarse la cuestión de los trenes muy en serio.

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