

"¿Ya ha dicho gracias, señor Zelenski?", le endosó hace unos días el vicepresidente de Estados Unidos al presidente de Ucrania. Hay quien dice que la gratitud es una emoción, otros sostienen que es una virtud, e incluso los hay que proponen que es un sentimiento moral. Pero, en cualquiera de los casos, para todos ellos, expresar la gratitud es una buena práctica tanto por las razones que nos impulsan a hacerlo como por sus efectos.
Vivimos en un contexto carente de gratitud. Expresar agradecimiento no es solo cuestión de educación. Mostrarse agradecido es un acto de reconocimiento de que el otro ha procurado ayudarme. Para que realmente pueda haber agradecimiento, es necesario que el otro me haya procurado hacer un bien. Que realmente haya logrado ayudarme no es un requisito indispensable del agradecimiento pero que lo haya procurado, sí. Dejo a los analistas políticos la cuestión de si Estados Unidos realmente intenta objetivamente hacer un bien a Ucrania o no. Lo que me gustaría contar es que, incluso si el señor Zelenski tiene razones para sentirse agradecido, la insistencia en que lo manifieste revela un aspecto inquietante del tipo de vida política de nuestro mundo.
Hay personas que experimentan la gratitud puntualmente, pero otras viven en un estado de gratitud permanente, tanto si creen que su benefactor es otra persona, como una entidad divina, como, en lo que se llama el agradecimiento cósmico, el universo. En el caso de las personas que experimentan una gratitud permanente, la gratitud puede llegar a ser un sentimiento muy profundo. Soy de la opinión de que estamos necesitados de este tipo de gratitud honda porque no es solo una forma de reconocimiento. Indica, también, la conciencia de la interdependencia o, en otros términos, que mis méritos y fortunas nunca son exclusivamente míos. Y esa conciencia me parece fundamental porque es un antídoto contra los peores riesgos de la visión neoliberal de la existencia, según la cual la suerte y la desgracia de cada uno son mérito y culpa de uno mismo. En realidad, siempre ha existido la huella previa de alguna otra instancia que ha contribuido a ello.
No es de extrañar que, para los filósofos occidentales que han hecho énfasis en la importancia de ser seres autónomos, como Kant, la gratitud haya sido un fenómeno incómodo, al que han dedicado palabras de un cierto desprecio, insistiendo en que experimentar gratitud es un indicador demasiado dependiente de los demás.
No somos seres autónomos. Pero incluso desde esa perspectiva, la gratitud tiene una cara oscura, que la antropología ha estudiado a fondo. Depende de cómo se practique, la gratitud abre una asimetría: el benefactor se sitúa moralmente por encima del receptor y esto puede derivar en servilismo. Además, el receptor se siente en deuda y puede sentirse obligado a ejercer un acto de reconocimiento e, incluso, a corresponder, cuando quizás ni quiere ni puede. Esto no es así cuando el que da lo hace de forma desinteresada. Pero algunos de los filósofos que han tratado la cuestión, como Jacques Derrida (1930-2004), llegan a cuestionar que el don puro realmente exista.
En un libro sumamente original titulado Gratitude. An Intellectual History (2014), el teólogo Peter Leithart sostiene que la evolución de la filosofía política occidental puede explicarse, en gran parte, a partir de la función que la gratitud ha tenido históricamente en la arena pública. Intento ser breve. En la Grecia y Roma antiguas, las relaciones entre las personas, y entre las personas y los dioses, eran un círculo infinito de intercambios de dones y contradones. Te doy esto, o te hago ese favor, porque tú me has hecho ese otro favor y así ahora tú quedas en deuda conmigo. Este tipo de comercio no estaba regulado, pero Leithart llega a decir que era el latido de la sociedad. A grandes rasgos, la vida política seguía esta dinámica, con los beneficios que esto comportaba para quien podía ofrecer más. Hoy lo llamaríamos corrupción, claro. Pero entonces, insiste Leithart, la corrupción no era un desvío, sino que era el sistema. Con terminología medieval, hablaríamos de vasallaje.
En distintos contextos históricos se ha intentado liberar el ámbito político del círculo infinito de reciprocidad propio de la Antigüedad. Uno de estos intentos fue la revolución democrática griega, advierte Letihart, en la que se intentó que el ámbito político se liberara de las deudas, de las obligaciones de reciprocidad de dones y contradones de agradecimiento. Pero el punto de inflexión determinante no llegó hasta John Locke (1632-1704), según Leithart. Uno de los méritos de Locke es, para él, haber apartado la gratitud de la arena pública y relegarla al ámbito privado. Su innovación es haber concebido un orden político liberado de los vínculos que implica la gratitud. La democracia, de la que Locke fue un impulsor relevante, tiene que ver precisamente con esta ruptura. Para Locke, la fuente de la autoridad del gobernante no puede ser que te haya dado algo. Proviene de fuentes radicalmente distintas -en las que ahora, por una cuestión de espacio, no puedo entretenerme.
Esto no quiere decir que no nos podamos sentir agradecidos hacia algunas instituciones, por supuesto. De hecho, yo creo que es bueno que nos sintamos así, porque apunta hacia la conciencia de la interdependencia de la que hablaba más arriba. Lo que quiero decir es que la expectativa de que los ciudadanos, o las instituciones del propio país, o las instituciones de otros países expresen su gratitud no puede ser uno de los motores de la política. La modernidad política, y con ella, la democracia, tiene que ver con esa separación estructural entre la gratitud y la vida política. En este punto, Leithart se muestra escéptico: opina que esta separación es una fantasía del liberalismo porque, a pesar de la genialidad de la idea, nunca se ha purgado la vida política de las dinámicas de gratitud.
Tanto si compartimos el pesimismo de Leithart en este punto como si somos algo más optimistas, creo que su visión sobre el lugar que la gratitud ocupa en la política contribuye a entender por qué que el vicepresidente estadounidense instara a Zelenski a mostrarse agradecido fue mucho más que un gesto impertinente. Instar a un ciudadano, una institución o un país a sentirse agradecido es un gesto antimoderno, es decir, antidemocrático.