20/03/2021

Discurso de migajas

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El discurso político y social se adelgaza cada vez más. Nada le apetece: se nutre de migajas, la miga de pan enganchada al bordado del mantel que tanto cuesta de sacar. La pérdida de peso simbólico del discurso contemporáneo supone que usemos cada vez menos palabras para decir muy pocas cosas. Nos ensartamos en el cliché, el eslogan: tú sí que puedes, sal de tu zona de confort, encuentra la mejor versión de ti mismo, just do it! y, en política, últimamente, cosas tales como comunismo o libertad. 

Los clichés son frases hechas que sirven para simplificar la complejidad de los asuntos del mundo, públicos y privados. En pocas palabras, nos hacen creer una verdad como si fuera una talla única. Jacques Lacan habló de una cierta categoría: las palabras de mando. Son imperativos que empujan a identificarse con una consigna, reaccionando de manera automática sin intermediación, reflexión o interrogación de ningún tipo. En su obra Los orígenes del totalitarismo, escrita en los años cincuenta y de una angustiosa actualidad, Hannah Arendt alertó del peligro de la pérdida de polisemia, complejidad y matices del discurso político y social. El proceso de simplificación de las formas de representación del mundo afectan su propia consistencia. Buscamos la homogeneidad, queremos resolver los problemas con una única solución, dicotómica y disimulada. El totalitarismo va más allá de los regímenes políticos: también responde a una actitud cognitiva empobrecida que reduce la diferencia y niega el pluralismo. Eva Illouz, una de las mentes contemporáneas más lúcidas del momento, define las migajas con el nombre de capitalismo escópico. Consiste en convertir las imágenes en el objeto principal de intercambio y de cálculo de beneficio. La imagen, como todo el mundo sabe, no vale más que mil palabras, precisamente porque hace que nos las ahorremos. Hablar entre personas, desplegando algo más allá del cliché, supone agujerear la compacidad fotográfica del ambiente tecnológico, de la red social de la cháchara, el emoticono y la selfie , emperradas en hacer enmudecer el imprescindible apalabramiento del mundo y del otro. Hay un punto de banalidad en las migajas, que engañan el hambre. El hambre nos hace salir adelante, nos impulsa a movilizarnos, a diversificar los recursos posibles que tenemos que incorporar. La ficción de las migajas revela una significación precaria y una fuga de sentido entremedias. Solo vemos la punta del iceberg sin imaginar la inmensidad que hay por debajo el agua. 

En su entrevista con Günter Gauss en la televisión alemana en 1964, Hannah Arendt relata el momento en el que fue detenida por la Gestapo. Su tarea de resistente consistía en identificar y recopilar todas las expresiones y frases hechas “de bajo nivel antisemita” que salían en las revistas, panfletos, asociaciones profesionales, acuñadas por los nazis. En una confesión inaudita, Arendt describe el momento de ser interrogada por el jefe de la policía criminal. A las preguntas concretas del agente, ella contestaba explicando todo tipo de historias fantásticas, bordándolas con detalles insospechados, abrazando todo tipo de situaciones y contextos, personajes, dichos y momentos. El agente la escuchó con toda atención y le dijo: "No hace falta que busque un abogado, ya encontraré la manera de hacerla salir de aquí". Arendt aclara que este hombre, en una posición de autoridad represora, entendió que en los matices puede haber algo más que no la etiqueta reduccionista. Esto le salvó la vida.

Los clichés hacen deslizar las preguntas por bajantes que siempre acaban mal. En lugar de interrogar qué más hay rondando, nos adherimos a un club para dar respuesta al que es imposible de entender sin una cierta perspectiva de las cosas. Esto da una falsa seguridad.

La tarea de engordar el discurso dándole algo más que el reduccionismo del cliché constituye no solamente una responsabilidad primordial para políticos, educadores y profesionales: hoy es una tarea ineludible. No estamos hablando de un problema de las masas incultas, porque también los intelectuales (a los cuales Arendt tenía mucha manía) quedan afectados por este discurso de migajas.

Localizando los detalles y las interpretaciones que todo lo cambian evitaremos convertir la banalidad en la principal amenaza para la convivencia. En su peculiar manera de exponer los hechos, Arendt revela algo más: deja claro que el discurso de migajas surge en el seno de una “nueva normalidad” que bloquea el paso a cualquier distinción entre bueno y malo, vivo y muerto, digno e indigno, humano e inhumano.

Anna Pagès es profesora a la FPCEE-Blanquerna de la Universitat Ramon Llull

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