La trompa de los elefantes asiáticos tiene muchas más arrugas y finas que las de los elefantes africanos.
27/06/2026
Periodista
3 min

Antes era tradición de los partidos políticos hacer actos de homenaje a sus miembros con 25, 50 o incluso 75 años de militancia. Así se premiaban valores puramente sentimentales –la lealtad, la coherencia–que políticamente van en contra de un principio básico de la democracia, que es el derecho a cambiar de opinión. Si todo el mundo dijera “soy de ERC” o “soy del PP”, con el mismo orgullo y convicción con que otros decimos “soy del Barça” o “soy de la Peña”, no haría falta celebrar elecciones, solo pasar lista a partir de un censo en el que la militancia sería un dato tan inamovible como la fecha de nacimiento. En política, la fuerza electoral de cada opción debe depender de su comportamiento, y también de su respuesta a unas circunstancias cambiantes.Se podrá argumentar que, si las ideologías y la praxis política cambian, al menos los valores deberían permanecer. ¿Pero cuántos de los valores con los que crecimos se mantienen inmaculados? Y sobre todo, ¿cuántos de estos valores no acaban colisionando, de modo que, por fuerza, se han de relativizar? ¿Cómo se compatibiliza el derecho a la prosperidad personal con la aspiración de la justicia social? ¿Podemos ser favorables a la inmigración sin trabas y, al mismo tiempo, defender la continuidad de la identidad catalana, tan minorizada? ¿Podemos defender al mismo tiempo una educación inclusiva, que no deje a nadie atrás, y la detección y la promoción de la excelencia?Las preguntas difíciles son las que dan sentido a nuestra manera de comportarnos como ciudadanos. La duda perpetua provoca errores y pasos en falso, pero también es un motor para entender los cambios. Han pasado bastantes cosas a nivel nacional y planetario para que nos obliguemos a mantener la mente abierta y discutamos aquellas cosas que nos incomodan, y que desde hace un tiempo se llaman el elefante en la habitación. En Cataluña hay elefantes de toda la vida –la identidad, la relación con España– y los hay nuevos –el fenómeno migratorio, la degradación de los servicios públicos, el cambio climático, la lacra del turismo, la vivienda.En todas estas cuestiones pienso diferente de cuando tenía 25 años. Por ejemplo, hace algunas décadas soñábamos con tener una capital global como Barcelona, sin sospechar los daños colaterales; queríamos papeles para todos, porque no imaginábamos que los catalanes llegaríamos a un punto de minorización tan aguda. Y creíamos que la exigencia en la escuela, que los curas nos habían inculcado de malas maneras, se tenía que sustituir por una pedagogía más empática, que ahora ha entrado en crisis, por causas a menudo extraeducativas.Solo queda el cambio. Y otra cosa: la comunidad nacional. Menospreciada por culpa de los nacionalismos agresivos del siglo pasado, la identidad nos aparece no como una ideología, sino como un método natural que los humanos utilizamos para cristalizar en un mundo diverso, un ancla que la gente (especialmente si está lejos de su tierra) intenta preservar. A mí, la pertenencia me ayuda a definirme y a relacionarme con el otro. Y me hace irremediablemente independentista, porque si quiero afrontar todos los elefantes de mi habitación, me hace falta una habitación propia –si puede ser, ventilada y con vistas–. Y, en cambio, me encuentro compartiendo trastero en manos de un propietario que me cobra de más y hace lo que quiere con mis elefantes.Por decirlo sin metáforas, los catalanes somos una comunidad nacional que ha perdido las herramientas y la voz. No tiene suficiente capacidad para resolver los problemas de sus ciudadanos. Y allí donde todos los pueblos del mundo se hacen oír –ya sea la UE, la cumbre contra el clima o el Mundial de fútbol–, nosotros sacrificamos nuestra existencia al altar de un estado que, para afirmarse, necesita negarnos.En este punto, confieso que no he cambiado de parecer.

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