El expresidente Jordi Pujol, durante el acto de ingreso del fondo documental de CDC en el Archivo Nacional de Cataluña, el 22 de junio de 2026.
22/06/2026
Periodista
2 min

Los elogios que el presidente Salvador Illa ha dedicado a Jordi Pujol y a Convergencia han hecho un bien a la vida pública del país.

No sufran los perspicaces, que ya nos hemos dado cuenta de que es más fácil elogiar un partido desaparecido y tener la decencia de no hacer leña del árbol (convergente) caído que elogiar un partido rival, y es más fácil hablar bien de un antiguo contrincante de 96 años que de uno joven, prometedor y en activo. Seguro que estamos de acuerdo en que si Convergencia aún existiera, el PSC le estaría recordando en cada debate aquello del 3%. Y que Illa ha buscado, desde el primer día, situarse en el centro convergente: el de ir a lo práctico, el de la industria, la internacionalización de las empresas, la sanidad pública, el humanismo cristiano, la corresponsabilidad en la gobernanza de España y el hilo directo con la Corona; o sea, el catalanismo bien entendido; es decir, no independentista. Lo que no atrapará, claro está, es el carisma y la épica de un personaje que pasará a la historia como uno de los padres de la patria contemporáneos.

Pero sumados y restados los reconocimientos sinceros y los aprovechamientos electorales, oír a un presidente socialista hablar con cortesía de Convergencia y de Pujol ha tenido, como mínimo, la virtud de devolver a la política, por un momento, la nobleza del factor humano y del reconocimiento objetivo de los méritos del adversario. Porque convergentes y socialistas se repartieron casi todo el poder político del país durante décadas, pero aquello fue más que una batalla política: fue una guerra cultural, una guerra fría en la que muchos socialistas vivían mejor contra Pujol. Todavía los hay, de estos: resentidos porque, contra todo pronóstico, Pujol ganó en 1980 y ya no paró hasta 2003. Estos no habrían pensado nunca que oirían a un presidente socialista hacer el elogio del pujolismo.

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