Un viejo adagio recomienda unirte al enemigo si no puedes batirlo. En términos de compol: si los valores del enemigo son mejores que los tuyos, acércate. Y si los tuyos te molestan, aplícalos al enemigo. Así, la derecha clásica ha arrinconado sus conceptos clave –orden, propiedad, familia, etcétera– para apropiarse del término libertad, aunque durante dos siglos esta palabra mágica ha guiado todas las revoluciones contra el antiguo régimen. Primero se la apropiaron los liberales, en nombre del laissez faire económico. Y ahora lo hacen los libertarianos, seguidores de Trump, que obviamente nada tienen que ver con el viejo anarquismo libertario, sino con el odio al estado frente al mercado, erigido en garante de los derechos de los individuos.
Curiosamente, estos libertarianos se indignan cuando los poderes públicos intentan regular o cobrar impuestos, pero aplauden muy fuerte cuando el gobierno reprime la disidencia, expulsa a inmigrantes o aprieta a las minorías. Todo esto resulta sospechoso. Como el hecho de que el ídolo de estos sectores sea un narcisista reaccionario como Elon Musk, quien también se ha apropiado de los valores del enemigo comprando Twitter para ponerla al servicio de sus intereses económicos e ideológicos (que son lo mismo) y lo ha hecho blandiendo la bandera de la libertad de expresión. Es una muestra diáfana de lo que es el populismo.
He sido usuario de Twitter, actualmente X, durante un grupo de años, y salí harto de la deriva ultraderechista y de los acosos organizados. Pero cada vez que se habla de prohibir la red intento recordar cómo funcionaba la opinión pública antes de internet: la gente que quería expresar y compartir una opinión tenía pocas opciones, como pegar carteles, hacer pintadas, escribir en la sección de cartas al director del diario o intervenir en los programas de radio que "abrían teléfonos" para oír la opinión de los oyentes. Las tribunas de opinión estaban en manos de los gobiernos y de los magnates de la prensa. Los disidentes de todo signo lo tenían difícil, aunque también eran capaces de hacerse oír, como demuestra, por ejemplo, la fuerza que tuvo el antifranquismo clandestino en Catalunya.
Por todo ello, las redes sociales han sido un factor de democratización. Y, por tanto, no deseo volver atrás. Pero esto no me impide ver los daños colaterales del nuevo escenario. Las redes sociales funcionan como asambleas, y en todas las asambleas se impone lo que más llama o lo que se expresa en términos más radicales. El anonimato alimenta el exabrupto y la difamación. Y la impunidad con la que actúan las fábricas de bots permite ejercer el acoso, la manipulación y las fake news. Es cierto que las redes siguen permitiendo que todo el mundo diga la suya, pero sin una regulación adecuada se convierten en herramientas al servicio de intereses particulares. Cuando decimos que las redes "hierven" es porque alguien las hace hervir cómo y cuándo quiere. Esto ha provocado que muchos usuarios interesados en un debate abierto y sincero hayan desertado por la presión de bots agresivos que obedecen consignas, reorientan las discusiones, hacen bullying a los enemigos ideológicos o comerciales y dan alas a discursos reaccionarios.
Prohibir una red social, como acaba de proponer la ministra española de Juventud, es una propuesta de difícil justificación en una democracia y seguramente poco operativa. Pero los gobiernos europeos deberían persistir en la regulación del funcionamiento de las plataformas, garantizando a su vez la libertad de expresión y el derecho al honor ya la verdad. Restringir el acceso a los menores y prohibir el anonimato sería un paso en esa dirección. Y el hecho de que Elon Musk lo considere una idea "tiránica", a mí me ayuda a estar a favor.