El Corpus de Sangre
hace 15 min
Director adjunto en el ARA
3 min

La catalanidad indignada es el virus político que nos acosa. La percepción de retroceso de la lengua, es decir, el miedo identitario, está calando en la población autóctona. El catalán enfadado ha vuelto. La derrota independentista lo ha hecho más agrio porque no hay horizonte. La realidad es dura: crisis de la vivienda, crisis educativa, sanidad tensionada, movilidad ferroviaria en quiebra permanente... Si a esto añadimos la debilidad en el uso social del catalán, perfectamente real, ya tenemos el cóctel explosivo. Excitar el sentimiento de impotencia resulta fácil. Cuesta poco lanzar mensajes apocalípticos con enemigos que no se pueden defender: la inmigración.

Cuesta mucho, en cambio, intentar convencer a la gente de que se necesita rigor en el análisis para encontrar salidas al atolladero lingüístico y a los otros callejones sin salida. El mundo comunicativo actual se alimenta de impactos emocionales fuertes, simples, de consumo rápido. Hay poco margen para la reflexión pausada. El terreno de juego favorece la explosión estridente. Esto es lo que da alas a la polarización y, en especial, a los partidos de extrema derecha, que no tienen miramientos a la hora de magnificar los problemas.

¿Cómo se combate en esta desigualdad de condiciones? ¿Cómo se hace aflorar el trabajo callado y en condiciones precarias de las entidades sociales a favor de la cohesión cívica? ¿Cómo se explican las políticas de efecto lento para regular el mercado de la vivienda? ¿Cómo se hace valer la mejora limitada pero real de las condiciones laborales de maestros y bibliotecarios, por poner dos ejemplos conflictivos actuales? ¿Cómo se destacan los meritorios esfuerzos públicos y asociativos por el catalán? "¡Los milagros, a Lourdes!", se decía antes. Ni en política ni en economía ni en nada en la vida hay las soluciones mágicas y meteóricas que algunos prometen. Un martillo siempre ve clavos en todas partes, pero por mucho que algunos golpeen con rabia todas las cabezas que se les pongan a tiro, así no se arreglan las cosas. Es como dar golpes a tientas.

El resultado de no tener los pies en la tierra es una Cataluña empequeñecida, minorizada. Y no me refiero ahora a la evidente y persistente falta de herramientas de gobierno –¿cuándo tendremos una nueva financiación?, ¿cuándo será efectivo el traspaso de Rodalies?–, sino a un debate público infantilizado, de patio de colegio, con empujones y zancadillas incluidas, en el que lo que domina es que quede claro quién es el enemigo para abalanzarse sobre él. Para sacar partido electoral del malestar social y nacional.

Una vez más, nos estamos equivocando de antagonista. Cuando te equivocas de adversario tienes dos problemas. El primero: pierdes. El segundo: tienes un nuevo adversario. El gran adversario es la falta de diálogo, la incapacidad de buscar acuerdos de país –sobre vivienda, energías verdes, educación, movilidad, lengua, financiación, sanidad, cultura...–. Lástima que se haya descarrilado en el Congreso el Consorcio de inversiones y la prórroga de los alquileres. Nos hemos instalado en la pelea y la desahogada, en agrandar la distancia con quien se sienta al otro lado de la mesa. Es la manera segura de que las cosas no se solucionen. La radicalización permanente caínita lleva al bloqueo impotente. ¿Y si probamos el viejo método de la moderación negociadora? Para conseguir avances concretos, para serenarnos, para darnos una oportunidad de convivencia. Incluso para volver a ilusionarnos colectivamente. Las cosas ya son bastante complicadas para ir siempre al choque del todo o nada.

Seguir buscando contrarios bajo las piedras no puede ser la alternativa. No sirve de nada continuar alimentando los resortes psicológicos de nuestras fobias y miedos indestructibles: recrearnos en el malestar y el drama, señalar culpables y descargar en ellos nuestra rabia. Es una opción, sí. El resultado ya lo conocemos: la realidad siempre es susceptible de empeorar. Podemos ir jivarizando el país, convirtiéndolo en una caricatura de su peor imagen: la olla de grillos de todos contra todos. Y quien día pasa, trifulca empuja. Una Cataluña embrutecida, empequeñecida, enfadada. Fea y triste. ¿Qué ha sido del país acogedor, emprendedor y optimista, marca de la casa del catalanismo? Es paradójico, pero hay independentistas que han abandonado el catalanismo. ¿Y si le damos otra oportunidad?

stats