Cuando la escuela lo tiene que hacer todo

Un profesor hoy no solo enseña. Orienta. Cuenta. Detecta. Media. Motiva. Gestiona. Rellena informes. Atiende familias. Aplica protocolos. Se adapta a realidades cada vez más complejas. Y, en medio de todo esto, intenta –aún– enseñar.Hace tiempo que la escuela ha dejado de ser solo una institución de instrucción. Progresivamente, se le han ido asignando funciones sociales, emocionales y compensatorias que antes se distribuían en otros ámbitos. No es difícil entender por qué: ante problemas sociales crecientes, la escuela es a menudo el último espacio donde todavía hay adultos, tiempo y una cierta estructura. En este sentido, el anuncio del despliegue de mossos de esquadra en algunos centros educativos no es solo una cuestión de seguridad, sino también un indicador de hasta qué punto la escuela está asumiendo funciones que van más allá del aprendizaje. La cuestión no es si esto es legítimo. Probablemente lo es. La cuestión es qué pasa cuando la escuela lo tiene que hacer todo.Mientras tanto, el malestar docente crece y el debate público tiende a leerlo en clave exclusivamente laboral: salarios, horas, ratios, estabilidad. Todo esto es importante, pero quizás es insuficiente. Porque quizás el problema no es solo cuánto trabaja o cobra el profesorado: quizás el problema es qué le pedimos que sea.Cuando una profesión pierde claridad en su rol, cuando sus funciones se expanden sin límites claros, cuando las responsabilidades crecen pero la autoridad y los recursos no lo hacen al mismo ritmo, el resultado no es solo la sobrecarga: es una sensación más profunda de exposición, de desprotección, de no tener un marco estable desde donde ejercer. Quizás hemos convertido la escuela en el lugar donde se gestionan todos los problemas que la sociedad no sabe o no quiere resolver en otros ámbitos. Y cuando todo se resuelve en la escuela –el aprendizaje, la inclusión, el bienestar, la convivencia, la compensación social–, el riesgo es que la institución pierda su centro.En las aulas, esto se traduce en una tensión constante. Se espera del docente que sea muchas cosas a la vez, sin que estas funciones estén bien definidas o coordinadas. Lo que antes era una profesión con una misión clara –enseñar– se convierte en una función difusa, donde todo es prioritario y, por tanto, nada lo es del todo.En este contexto, el debate se desplaza a menudo hacia la formación del profesorado. Si los resultados no son buenos o el sistema no responde, se tiende a mirar hacia el docente: hay que formarlo más, innovar más, adaptarlo más. Pero esta mirada, a pesar de necesaria, vuelve a poner el foco en los individuos y no en el sistema. Porque hay otra pregunta más incómoda: ¿hasta qué punto el sistema está diseñado para hacer viable aquello que pide?Quizás el malestar docente no es una anomalía, sino una pista. La pista que nos indica que hay algo en la manera como hemos redefinido la escuela que no acaba de encajar. Y quizás, antes de continuar añadiéndole nuevas funciones, deberíamos hacernos una pregunta más: ¿qué puede hacer realmente una escuela… y qué no.