14/09/2021

Un espectáculo sórdido

3 min
Entrenament e boxeo a Aldershot.

1. El golpe. Junts per Catalunya ha decidido reventar la estrategia de Esquerra Republicana y dejar el gobierno independentista patas arriba. Y lo ha hecho con un ataque directo a la autoridad del presidente de la Generalitat, la máxima figura institucional de Catalunya. Si miramos las peripecias vividas desde las elecciones del 14 de febrero, no nos puede sorprender mucho. Todos recordamos la humillación a la que sometieron a Pere Aragonès, que necesitó tres intentos para ser investido, buscando ya debilitarlo antes de empezar. Para Junts per Catalunya es insoportable la idea de que el presidente de la Generalitat no sea suyo. Por razones simbólicas, pero sobre todo por razones prácticas. Junts es una amalgama de fuerzas tan diversas que, para ellos, tener la presidencia de la Generalitat es fundamental para garantizar su cohesión. Han intentado que esta función de vínculo la hiciera el ex president Puigdemont, pero a la larga no es suficiente, en un momento en el que la política del día a día adquiere cada vez más relevancia.

Después de semanas satanizando la mesa de diálogo, este martes Junts ha pretendido dar un golpe definitivo al president y a la negociación, porque cree que así puede obtener dos victorias con un solo movimiento. En el fondo es el reconocimiento de un cambio de etapa: ante la imposibilidad de acelerar ahora mismo el proceso de ruptura, pasa a primer plano el interés de grupo y el socio se convierte en el enemigo a abatir. Pere Aragonès ha reaccionado con contundencia, tiene la oportunidad de disipar las dudas sobre su autoridad. Aun así, el margen para conseguir la lealtad de sus presuntos aliados es pequeño. La capacidad autodestructiva del independentismo es considerable. Muy sórdido, todo ello.

2. La oportunidad. Y aun así hay oportunidades que no se pueden dejar escapar. Una negociación entre gobiernos es un precedente práctico y simbólico que hay que explorar. Dice el presidente Pujol, a quien se le pueden negar muchas cosas pero no el sentido político, “que una cosa buena para Catalunya tiene que ser buena para España y tiene que ser buena para Europa”. Es una frase que a muchos les pone los pelos de punta por el reconocimiento de España que supone. Pero, si nos la miramos sin prejuicios (es decir, sin la lógica simplista del amigo y el enemigo), contiene una dosis de realidad muy necesaria en los momentos que corren. Se puede declinar así: el referéndum solo será posible en unas circunstancias en las que en España piense que también puede ser bueno para ella. Y en aquel momento habrá que encontrar una solución que sientan como beneficiosa todas las partes.

Ahora mismo la prioridad catalana tiene que ser relanzar el país después de la resaca. Y es aquí donde la mesa de diálogo puede ser un instrumento útil si se está dispuesto a hacer política. Porque lo que es seguro es que si hay que esperar a la independencia para que Catalunya dé un salto adelante, ya podemos esperar sentados. El gran riesgo del independentismo es que la opción de máximos sirva de coartada para una desactivación y una parálisis creciente, que es la trampa en la que se mueve Junts. Si nos situamos en la dialéctica de la plenitud de derechos nacionales o nada, ganarán los que buscan coartada para disimular su impotencia. Un entretanto no puede ser nunca un estado de espera sino de acción política con objetivos concretos en el ámbito de lo posible. Y de construcción de complicidades, en lugar de búsqueda de cabezas de turco (ayer los comunes, ahora Esquerra).

Es grotesco que antes de reunir la mesa una parte del independentismo institucional apueste por su fracaso, en perfecta simetría con la derecha y con una gran parte de la opinión pública española que ve privilegios y concesiones cada vez que alguien dice bon dia en Catalunya. No se engañen, si la mesa fracasa no será un éxito del independentismo. Estamos en una fase importante de relanzamiento postpandémico y de reanudación general. Y el país tiene potencial para aprovecharla. Pero no lo hará si se esconde bajo el caparazón del o todo o nada. La vía del no debe de ser muy cómoda para algunas conciencias, pero hace pequeño al país y resta autoridad para implicar a sectores de poder catalanes que demasiado a menudo miran hacia otro lado.

Josep Ramoneda es filósofo
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