Europa, si lo desea, puede
Hasta 1914, sin ONU ni Sociedad de Naciones, el mundo se regía por áreas de influencia. Había una, Europa, y un único estado influyente, Reino Unido, que basaba el control del comercio en su imperio colonial.
La Revolución Industrial, la victoria de las guerras contra Dinamarca, Austria y Francia, la eficiente administración prusiana de Bismarck con los impuestos que todos pagaban y la seguridad social –la primera en el mundo–, condujeron a la unidad alemana del Segundo Reich. Reino Unido vio crecer a un competidor como líder europeo y la guerra se convirtió en inevitable: por un lado, el Reich y el Imperio Austrohúngaro; por otro, Reino Unido y Francia.
La paz de Versalles, en 1919, dejó agravios que implicaron la inflación económica y el surgimiento de una voluntad de revancha por parte de los perdedores del conflicto, más humillados que militarmente vencidos. Ningún ejército aliado había entrado en Alemania cuando ésta se rindió en 1918.
Esto llevó a la guerra en 1939. Había surgido una segunda área de influencia –alejada geográficamente de Europa–, a consecuencia de la modernización y crecimiento de Japón, con un PIB y población importantes. Japón, ahogado por la falta de materias primas y con una guerra de conquista en China en curso, declaró una guerra en EE.UU. que no podía ganar en modo alguno. EEUU resultó vencedor en Europa y en el Pacífico, convirtiéndose en la primera potencia mundial.
El ataque japonés a Pearl Harbor y el error estratégico del Reich al declarar la guerra a la URSS permitieron que EEUU obtuviera un aliado circunstancial. Los soviéticos cargaron el peso de la guerra en Europa y extenuaron la potencia del Reich. Los fallecidos y la destrucción los sufrió la URSS.
Después de 1945, el mundo pasó a tener una única área de influencia con instituciones supranacionales, la ONU y Bretton Woods, que modulaban la política, la economía y el comercio mundial liderados por EE.UU. A consecuencia de la victoria en Europa, la URSS se constituyó como contrapoder en el continente, pero la fragilidad e ineficiencia de su economía provocaron su implosión en 1990.
De 1990 a 2000, la desaparición política de la URSS llevó a EEUU a la creencia de que era la única potencia en el mundo. Con la única excepción del radicalismo islámico, que generó dos guerras, Irak y Afganistán, que EEUU ganó militarmente pero perdió social y económicamente.
Hoy, el mundo se configura en tres áreas de influencia: América y el Golf, liderada por EE.UU.; Asia, liderada por China, y Europa, donde existe un conflicto entre Rusia y la UE.
Esta nueva situación es la que ha traído el conflicto a Venezuela. EEUU ha querido demostrar su prevalencia y controlar el petróleo venezolano –hasta ahora vendido mayoritariamente en China a precios bajos– y el acceso a minerales estratégicos –un mercado liderado mundialmente por China–. Una vez demostrada –vía hechos– la irrelevancia de la ONU, se abre un conflicto entre Taiwán y China que EEUU no podrá evitar por la simetría con Venezuela. Este conflicto ocasionará un serio problema para Europa en la fabricación de chips, la industria digital y la IA. Se podrá resolver a medio plazo pero no a corto.
El retraso de EEUU en el control de minerales estratégicos respecto a China hace probable la invasión de Groenlandia, ahora danesa, por parte de EEUU, bajo la lógica de "en mi casa hago lo que quiero".
Queda por resolver el problema del liderazgo en la tercera área de influencia, Europa. Si la guerra en Ucrania se resuelve a favor de Rusia, la UE pasará a tener menos relevancia en el continente europeo por su confrontación con Rusia. Hay dos cuestiones que apuntan en esa dirección. Por un lado, el interés de EE.UU. por favorecer a una Rusia no derrotada, por evitar su convergencia estratégica con China en el conflicto inevitable entre Washington y Pekín en este siglo. Por otra parte, la inoperancia europea, que es difícil de resolver a medio plazo mediante una unión política más estrecha, que –por su complejidad– requiere tiempo y que Rusia procurará impedir, como hace de forma activa.
Esta situación se puede revertir, pero es necesaria la voluntad de hacerlo. La idea de que una defensa europea común dará a la UE una fuerza militar que le permitirá tener mayor presencia en el mundo es una alternativa a largo plazo. Cuando llegue, los conflictos actuales se habrán resuelto en contra del interés europeo.
La única fuerza militar nuclear independiente en Europa es la de Francia, creada a partir de la Fuerza de Frappe en 1958 por iniciativa de Charles de Gaulle. Una fuerza nuclear independiente y los vehículos para operarla: misiles balísticos, submarinos nucleares, lanzamisiles capaces de operar sin localización posible y una fuerza aérea estratégica.
Si la UE delegara en Francia su política de defensa, habría una alternativa, creíble por inmediata y capaz, al apoyo de EE.UU. a Ucrania, que podría llevar a Rusia a la mesa de negociación con cesiones que si la guerra termina sin una involucración seria de EE.UU. no existirán.
Esta iniciativa requiere la aceptación de Reino Unido y Alemania. Es difícil. Para Francia, supondría la relevancia en Europa y en el mundo y el reforzamiento de su política jacobina, que le ha reportado mayor influencia y éxito político a lo largo de la historia. Un hecho importante para Francia.
Para la UE supondría un reforzamiento político explícito, y para la política interna francesa, una alternativa que reforzaría a corto plazo el macronismo y, por tanto, implicaría un debilitamiento de la extrema derecha en las próximas elecciones presidenciales.
Esta política podría ser útil para un futuro en Rusia sin Putin. Una paz sin victoria en Ucrania debilitaría políticamente al ruso. Un acercamiento de la UE a Rusia beneficiaría a ambas partes por la complementariedad de sus economías y sociedades, hoy separadas por la voluntad imperial del presidente Putin, sin ninguna lógica histórica ni razón estratégica. Desaparecido el obstáculo, la colaboración es posible.