Hospital Clínic en una imagen de archivo
Arquitecta
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Estos días de Barcelona tórrida y fiesta de San Juan no hay autóctonos por las calles, solo visitantes. A mí me va bien porque me gusta mucho caminar entre extraños cuando necesito ordenar la cabeza, me gusta oír idiomas diferentes y observar a la gente que, después de un año laboral, decide gastarse los ahorros en casa nuestra. Algo debemos hacer bien, y no son solo las playas. Camino preocupada por las noticias sobre corrupción estructural en España, pero levanto la mirada de la pantalla y entro por las escales del Hospital Clínic desde el metro. Hay un piano de cola, que toca un hombre joven con sensibilidad, como si estuviera en el Liceo. Los pacientes se detienen allí, las criaturas callan, y cuando se acaba el recital, todo el mundo vuelve a sus rutinas. Al lado del busto del doctor Valentí Carulla, hay un letrero que explica que hay más de 8.000 personas trabajando en el Clínic cada día y cada noche del año, sea cual sea la batalla en el Congreso o el evento mediático del momento. Aquí los médicos se han ganado la autoridad moral de quien resuelve, con conocimientos generados a lo largo de siglos, complicaciones críticas de salud a pacientes de todo tipo. Los hospitales se inventaron mucho antes que los estados, y son el último reducto de civilización cuando, en el mundo occidental, los votantes viran a la derecha para buscar soluciones rápidas. Caminar por el Clínic es una vacuna eficaz contra el miedo, y ayuda a retomar la confianza en la sociedad de los cuidados. 

Se han anunciado 1.700 millones para el nuevo Clínic, pero nadie parece creerse que realmente se cumplan los calendarios previstos. Se hacen grandes anuncios sobre trenes, pero La Sagrera hace treinta años que espera. Los pisos protegidos no arrancan, a pesar de la emergencia. La creciente frustración por la incapacidad de implementar los proyectos urbanos genera malestares sociales importantes, y en un país con culto a la propiedad, muchos residentes se movilizan para detener determinadas transformaciones en su barrio, mientras que infraestructuras críticas (como las sanitarias) no tienen quien las reivindique. Todos estos turistas con quienes camino por las calles de Barcelona viven en ciudades donde pasa un poco lo mismo; algunos proyectos tiran adelante porque son económicamente rentables (centros comerciales, estadios de fútbol, museos franquiciados, hoteles de lujo), mientras que la vivienda pública, los hospitales o las escuelas tardan décadas en desarrollarse. ¿Por qué cuesta tanto hacer efectivos los proyectos? ¿Por qué la Sagrada Familia ha ido adelante y, en cambio, cuesta tanto poner la primera piedra del Hospital Clínico? No muy lejos del Clínic, en la antigua editorial Gustavo Gili, hay una buena exposición con planos sobre los proyectos estratégicos de Barcelona. Los visitantes comentan los proyectos admirados, señalan lugares de los planos, hacen fotos de las imágenes de los proyectos. Pero se preguntan si realmente lo verán algún día. Mientras tomo notas mentales, pienso que el reto ya no es solo el diseño del proyecto, sino quién hay detrás de estos proyectos velando porque no se detengan en un océano de burocracia. Las ciudades no tienen método; cada generación ha generado estructuras institucionales para emprender grandes transformaciones. Los Juegos Olímpicos no se hicieron solos; buena parte del éxito se construyó a través de la gobernanza del desaparecido Instituto Municipal de Promoción Urbanística. Hemos nacido en ciudades con un alto nivel de servicios, pero a lo largo del último siglo las organizaciones que los hicieron posible se han fragmentado, han generado disfuncionalidades, superposiciones, redundancias y contradicciones que no ayudan a ser resolutivos. Se han creado organismos públicos con consejos de administración teóricamente independientes, pero que acaban sometidos a la disciplina de voto impuesta por los partidos. El problema de la vivienda protegida en Barcelona no es la norma del 30% o los parámetros de densidad de un nuevo planeamiento, sino quién está en la mesa de la toma de decisiones sobre la vivienda. Occidente mira a la derecha, pero temo que ni el autoritarismo ni la privatización mejorarán sustancialmente la eficacia de las sociedades complejas en las que vivimos. La derecha no es más eficaz: es más opaca y menos democrática. Y tiene aversión a rendir cuentas, porque es difícil defender el interés general de las operaciones que benefician solo a determinadas empresas. Como los edificios, para sobrevivir, las instituciones se han de rehabilitar. En ningún sitio está escrito que no se puedan cambiar los estatutos de una sociedad pública o que sus directores deban esconderse siempre detrás de las explicaciones generalistas y vacías de contenido de las consejerías. Nos lo deberíamos poner un poco más fácil y dar voz y exigir la rendición de cuentas a los altos cargos que nos gobiernan. Es arriesgado para los partidos políticos, pero garantía de proximidad para la ciudadanía.

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