Nens y niñas de P3 jugando en el aula de la escuela en una imagen de archivo
07/08/2026 - 12:25 h.
Director adjunto en el ARA
3 min

El líder de ERC, Oriol Junqueras, ha propuesto un gran pacto político, social y técnico para que un equipo de expertos lidere la consejería de Educación durante un periodo de una década, y aparcar así la pugna partidista y el mal ambiente profesional en el que se ha empantanado el sistema. En pleno agosto, la propuesta tiene todos los puntos para pasar sin pena ni gloria. Probablemente el curso volverá a empezar en septiembre con huelgas. Y se harán públicos los resultados de la prueba PISA chapucera. Es decir, seguiremos atascados en el derrotismo educativo, que es el camino seguro hacia el fracaso como país. ¿Alguien más tiene alguna idea para romper el círculo vicioso y entrar en un círculo virtuoso?

Tras un curso frustrante, este verano ha sido el de la gran desconexión de los maestros. No les hablen de trabajo. Cuando toque, ya volverán. A muchos les costará ponerle ganas, claro. Harán lo que puedan. Y quien días pasa, mal rollo empuja. La crisis educativa es global, pero la versión catalana es de campeonato. Quién lo iba a decir viniendo de una tradición tan brillante, desde el impulso de los pioneros de los años 20 y 30 hasta los momentos optimistas de la renovación pedagógica en los años 60 o la reanudación democrática con la normalización lingüística. ¿Seremos capaces, ahora, de tirar todo esto a la basura de la historia y tirar la toalla?

La praxis de reproches mutuos ya vemos a dónde nos ha llevado. Quien no tiene un ajo, tiene una cebolla: quiero decir que todo el mundo ha cometido errores, dentro y fuera del aula, en la consejería y en los sindicatos, en los hogares (donde también se educa) y en las universidades (donde se piensa la educación). El resultado es perfectamente descriptible. Estamos yendo hacia atrás, como los cangrejos. En conocimientos, en convivencia, en falta de proyectos ilusionantes, en pérdida de vocaciones, en menos equidad (igualdad de oportunidades) y menos excelencia (menos oportunidades al talento).

Es perentorio, pues, plantear una sacudida radical. Arriesgar. Cambiar. Si seguimos gestionando el conflicto como hasta ahora, buscando el choque o sorteándolo, no saldremos. Iremos haciendo, que en este contexto querrá decir ir deshaciendo. Pasará otro curso sin pena ni gloria, con todo el mundo decepcionado y enfadado. Y al mismo tiempo con todo el mundo consciente de que no vamos bien. Bueno, este es el camino más plausible: no por cómodo, sino por una falsa prudencia o directamente por cobardía. La mediocridad inmovilista es una fuerza muy poderosa que acostumbra a imponerse por incomparecencia de la audacia optimista.

No querría estar en el lugar de la consejera de Educación, Esther Niubó. Todos los consejeros y consejeras de los últimos años han salido escaldados. Tampoco querría estar en el lugar de muchos maestros ni muchos directores. El problema es gordo. Los acuerdos con los sindicatos del final de curso, rechazados por las asambleas de docentes, pero igualmente aplicados, han supuesto una más que notable inyección de dinero al sistema, la mayor parte para mejorar los sueldos. Y sin embargo, todo el mundo sigue descontento y todo el mundo sabe que esto no servirá para dar la vuelta y empezar de cero. Queda claro que los recursos son importantes, pero no lo son todo.

¿Qué más hace falta? Pues de entrada darnos una tregua, pacificar los ánimos. Y a partir de aquí generar un clima de confianza para abordar las grandes cuestiones. Las preguntas clave son: ¿Cómo hacer que el sistema educativo sea inclusivo con la diversidad sin tener que rebajar el nivel medio? ¿Debemos hacer escuelas inclusivas o es el sistema el que debe ser inclusivo? (Sí, quizás toca volver a hacer centros especializados.) ¿Cómo dar autonomía a las escuelas e institutos públicos, y estabilidad a los equipos, para que desarrollen su propio proyecto? (Sí, creo que hace falta introducir flexibilidad en el sistema funcionarial.) ¿Cómo podemos impulsar el liderazgo de las direcciones sin dejar de contar con los claustros? ¿Cómo debemos incentivar a los buenos maestros para que vayan a los centros de alta complejidad? (Sí, creo que, entre otras cosas, hay que pagarles más.) ¿Cómo se puede volver a implicar y ayudar a las familias para que adopten un papel activo en la educación de los hijos y en la colaboración con las escuelas? ¿Cómo podemos volver a insuflar en los chicos y chicas la cultura del esfuerzo, y la ambición y la alegría de aprender? ¿Cómo debemos hacerlo para que cada barrio, pueblo y ciudad quiera tener la mejor escuela? ¿Cómo podemos volver a ilusionarnos todos con la educación de nuestros niños y jóvenes?

stats