El fuego y las brasas
1. El sábado en Barcelona brotó un hongo envenenado de crispación: unos quinientos jóvenes vestidos de color negro causaron destrozos alrededor de la plaza Cataluña. Son momentos de tensión social y política con las derechas lanzadas a la reconquista del poder y con música neofascista por toda Europa, y la agitación está a la orden del día. La ola reaccionaria se extiende, debidamente dirigida, mientras los partidos democráticos de derecha y de izquierda más bien tambalean. Y la movida barcelonesa deja señales que hacen pensar que algo se mueve y los esquemas tradicionales no funcionan.
“La gente está harta de estar harta”, dice Obama, y algo de eso hay. De hecho, con esta frase lo que identifica el expresidente son comportamientos de agitación que no responden a los rasgos convencionales de la movilización política, de manera que no resultan fáciles de interpretar, más allá del malestar y la necesidad de hacer ruido. ¿De dónde vienen, qué les motiva y qué les hace funcionar?
Pongamos atención a los hechos de Barcelona: medio millar de jóvenes vestidos de negro –un tinte apocalíptico– comienzan a causar destrozos: revientan tiendas y quioscos, se llevan todo lo que pueden, amenazan a las personas; ni consignas ni reivindicaciones, un saqueo indiscriminado. Resultado: unos 130 detenidos y entre ellos, sorpresa, una setentena de menores de edad, eso sí, la mayoría chicos, muy pocas chicas. Aparentemente, ninguna motivación ideológica más allá de la destrucción, algunos con antecedentes por otros delitos. Es decir: actos vandálicos y violencia gratuita. Si es lo que buscaban, han conseguido ser noticia. Pero, ¿de qué? De una pulsión destructiva a la cual cuesta verle el sentido. ¿Alguien se puede imaginar que con este programa movilizarán a la gente? ¿O quizás solo buscan dar miedo? Cuesta, de todo ello, sacar ninguna perspectiva, y menos positiva. ¿El disturbio y la destrucción para hacerse notar? Pero, ¿quién y por qué?
2. Inevitablemente, este caso singular, si no fuera por el número y la agresividad de los movilizados –que hace pensar que hay alguien detrás– quedaría como puro gamberrismo. Evidentemente, la mirada va hacia las redes, donde se alimentan este tipo de arranques, y que son espacio para soltarse sin contemplaciones. Y está claro que por todas partes transita mucho ruido de agitación y movilización, para bien o para mal. Y, sin embargo, este fin de semana pasado vimos, lejos de aquí, la cara positiva de las redes: jugaron un papel importante para que la lista promovida por el movimiento de estudiantes de Serbia, encabezada por el cardiólogo Ilija Srdanovic, ganara las elecciones desplazando al presidente Vucic, que durante doce años ha llevado al país por la vía autoritaria. Como todo, las redes son el uso que unos y otros hacen de ellas, y también en función de los niveles de dominación y de los estados de ánimo y desánimo colectivo.
Aunque ya hay otras convocatorias, esperamos que este susto que asedió un rato el centro de Barcelona no se convierta en una bola de nieve y que quede como una advertencia. Pero hay que estar alerta, porque la desestabilización de las democracias europeas para hacerlas desplazarse hacia el autoritarismo posdemocrático es manifiesta. Solo hay que mirar estos días a Francia, donde el fracaso del presidente Macron ante unas fracturas sociales crecientes ha hecho que, ahora mismo, el acceso de la extrema derecha al poder con Marine Le Pen como presidenta parezca inexorable. La suficiencia del presidente ha dejado al país en medio de un embrollo de movilizaciones en todas direcciones y de un desconcierto que, si la derecha democrática no recupera la palabra y la izquierda no encuentra el tono en medio de tanto ruido, completará el desplazamiento de Europa hacia la extrema derecha. Y España tiene todos los puntos para sumarse de la mano del tándem PP-Vox.
3. Las cosas están claras: las redes son un instrumento que favorece la lógica del bien (aquellos a los cuales me quiero adherir) y del mal, de los míos y de los otros. Y los filtros no son de calidad sino que premian a quien tenga más capacidad de hacer ruido. La ola reaccionaria en Europa no engaña: estamos en la fase del todo vale, la creación de espacios de adhesión incondicional, y queda poco margen para la complejidad del sentido crítico. Y gente con poder utiliza las redes para hacer de ellas un instrumento de dominación que pasa por encima de cualquier control. Todo esto, en el entendido de que nada es definitivo. Trump subió con las redes y, sin embargo, ahora está al límite del precipicio, pensando incluso en alterar el régimen político si pierde las elecciones de medio mandato. Y en este marco, la fantasmagórica movilización del sábado pasado debería operar aquí como advertencia. Las redes cultivan y propagan espectáculos que buscan la desestabilización de las democracias. Y no vale dar alas a lo que no es nada más que delincuencia.