Guerín y Vallbona: el espejo incómodo

Hay un momento en el filme de José Luis Guerín Historias del buen valle, en la que Barcelona aparece en el horizonte como una promesa lejana, o tal vez como una amenaza. Desde Vallbona, el perfil de la ciudad parece algo que ocurre en otro lugar, en otro tiempo. Y, sin embargo, estás, dentro de ella, pisando una tierra que la acequia Comtal sigue regando como hace siglos, entre huertas que alguien cuida con una paciencia y tenacidad que la ciudad acelerada ha olvidado cómo se practica. Es un barrio que cuesta llegar. No es una metáfora: cuesta de verdad llegar, físicamente, entre trenes y autopistas que lo atraviesan sin detenerse. Y quizá por eso ha conservado algo que el resto de la ciudad ha ido perdiendo sin darse cuenta. De hecho, un filme anterior, Pequeño indio, de Marc Recha, ya nos acercó a un espacio que pocos conocen y que mantiene su personalidad única en una metrópoli desbordada.

Vivimos una época en la que la sensación de pérdida de control se ha vuelto banal, casi climática. Los precios suben por decisiones que se toman en lugares que no sabemos nombrar. El futuro se ha vuelto opaco. Y ante esto, la respuesta a menudo es el repliegue: encerrarse con "tus", construir pequeños bunkers de cariño en un mundo que cada vez se presenta más hostil. El problema es que cada vez cuesta más saber quiénes son "los tuyos". La comunidad, cuando existe, ya no es una herencia: debe reinventarse cada día.

Cargando
No hay anuncios

Guerín filma en Vallbona una comunidad que no ha sido fácil de generar y mantener. El barrio se fue haciendo en los años 60 junto a las pocas casas aisladas que había entre campos, y lo fueron haciendo los que venían del sur, empujados por la necesidad, de forma irregular, de noche, aprovechando espacios en medio de colinas y cauces. Ahora conviven familias venidas de la India, de Marruecos, de Portugal, del este de Europa y de tantos otros lugares, con gente desahuciada y con los remanentes de aquellos primeros pobladores.

Se han hecho algunos bloques de pisos y poco más, ya que poco espacio queda en medio de autopistas, carreteras y líneas de tren, ahora en plena remodelación y ampliación, sin saber si se consolidará el espacio agrícola de La Ponderosa o se acabará haciendo una depuradora. No es una comunidad de valores compartidos ni de identidad común. Es una comunidad de circunstancias, construida sobre lo que nadie escogió: la marginalidad, la dificultad de llegar, y una naturaleza que persiste tercamente —el Besòs, el Rec, las huertas, los árboles— como si no se hubiera enterado de que estaba dentro de una metrópoli del siglo XXI. El agua sigue fluyendo. Las huertas piden tiempo, no rentabilidad. Y en torno a lo que no es de nadie en particular se teje, silenciosamente, lo que es de todos.

Cargando
No hay anuncios

Pero, ¿la Vallbona que ha filmado Guerín a lo largo de tres años, es una excepción romántica? Quizá sea más bien un espejo incómodo que nos plantea una pregunta que deberíamos hacernos más a menudo: ¿que es lo que nos empuja a hacer comunidad? ¿A salir del "yo" y de "mis" más cercanos? ¿Es la precariedad compartida, y no la identidad compartida, lo que construye comunidad? Si es así, todo el discurso habitual sobre cohesión social —que suele imaginar comunidades de iguales, de cercanos, de similares— no acaba de funcionar. Y nos obliga a valorar iniciativas como el Plan de Barrios de Barcelona, ​​que ya lleva tres ediciones y que va consiguiendo que no sea heroico el poder vivir en un entorno que facilite el contacto y la convivencia, y demuestra que apostar por el barrio como escala de intervención no es nostalgia: es eficacia cívica en un mundo en el que cada vez cuesta más explicar de dónde.

Cargando
No hay anuncios

El barrio, como se ve en el filme de Guerín, no es sólo un espacio construido, es un espacio habitado. Es donde se produce la interacción cotidiana, donde se genera identidad, donde los equipamientos públicos -escuelas, bibliotecas, centros cívicos- pueden actuar de anclaje en momentos de movilidad y cambio acelerados. En un mundo en el que todo se acelera y todo se encarece, la proximidad no es un valor sentimental: es una infraestructura política. Y su erosión no es inevitable. Es una elección que hacemos colectivamente cuando decidimos que no vale la pena preservarla.

Lo cierto es que Guerín no alecciona en nada de eso. Muestra, y bastante: el Rec, las caras, la diversidad de edades y procedencias que conviven sin haberlo decidido, Barcelona lejos en el horizonte. Quizás la lección del filme es precisamente esta: que los lugares donde cuesta llegar cuestan también de perderse. Y que en un momento en el que parece que todo lo que vale se evapora rápidamente, valdría la pena aprender, de nuevo, a llegar hasta los sitios que requieren esfuerzo. En un momento de grandes cambios, de grandes estremecimientos y disrupciones en las formas tradicionales de vivir, trabajar y relacionarse, conviene hacer balance y saber quiénes somos y de dónde venimos. Más allá de los detalles del filme, todos ellos jugosos y significativos, pienso que hay que fijarse en cosas y actitudes como la participación, la convivencia, el compromiso, el cuidarnos unos de otros, y, en definitiva, el saber que sin preocuparnos de lo que nos es común no podremos disfrutar de lo que nos es propio.