Los expresidentes del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero (izquierda) y José María Aznar en una imagen del 2014.
21/05/2026
Escritor
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Durante mucho tiempo, el discurso que pronunció Václav Havel el 1 de enero de 1990, poco después de haber sido elegido presidente de la República Checa, se citó como ejemplo de un líder que osaba hablar con franqueza y honestidad a los ciudadanos, dirigiéndose a ellos siempre como personas adultas y responsables. Reconoció sin ambages la debacle en que se encontraba el estado después de la dictadura comunista, pero también explicó que la responsabilidad del desastre no era tan solo de los gobernantes que había habido, sino también de todos aquellos que, de una manera u otra, se habían avenido a ella o habían obtenido beneficios espurios. Para enderezar el futuro, apelaba a la conciencia cívica, la responsabilidad y la defensa de los derechos y las libertades, también de los deberes, de cada uno de los ciudadanos.Hemos asistido a una operación de demolición y vaciado del lenguaje público que hace que el discurso de Havel sea, hoy, inviable en los términos en que se produjo hace treinta y seis años. “Hablar con franqueza y honestidad a los ciudadanos” se ha convertido en otra bandera que se han hecho suya los charlatanes y los demagogos, en especial los de las extremas derechas y alrededores, para degradarla en una esparcidura de mentiras, insultos y teorías conspirativas absurdas. De esta manera se consigue envenenar el debate de tal manera que a menudo quien más grita, y quien lo hace con argumentos más viscerales, absurdos o irracionales, pasa a ojos de muchos –a menudo de una mayoría– como el que dice “las verdades”, cuando es justo al contrario. Si pronunciara su famoso discurso hoy, Havel se vería atacado por un enjambre de acusaciones de falsos medios y falsos periodistas, y de influenciadores y activistas en las redes sociales, que lo difamarían y acusarían de toda clase de vilezas. El revuelo sería tan ensordecedor que costaría distinguir, como pasa a menudo actualmente, la realidad de la mentira. Un efecto que se persigue con esta confusión es cambiar la necesaria crítica a las instituciones por una desconfianza permanente, envenenada y que nunca es antisistema, sino una de las formas más perversas que tiene el sistema de perpetuarse.La guerra sucia judicial en España, que dura décadas y que pasó por encima de buena parte del independentismo catalán y de las izquierdas españolas, ahora quiere acabar sí o sí con la parte del PSOE que les molesta. Zapatero es el primer presidente español en ser imputado, curiosamente en la Audiencia Nacional, curiosamente con querellas de por medio de Manos Limpias y Hazte Oír, curiosamente antes de que ninguna querella similar acuse a otros artífices de la democracia española como Felipe González –con su enorme, y nunca explicado, incremento de patrimonio–, José María Aznar o Mariano Rajoy, evidentemente responsables máximos de escándalos como la Gürtel, la Kitchen o la operación Cataluña. “Quien pueda que haga”, dijo Aznar. A menudo, aquello que parece demasiado obvio acaba siendo cierto. Vivimos días en que, de un estado deformado por un poder judicial y policial que actúa de parte, se quiere decir una democracia: contra esto, precisamente, luchaba y escribía Havel.

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