Los horrores y las virtudes

1. Ahora ataco, ahora pliego. Trump dice que la guerra se está terminando; los iraníes, que esto lo decidirán ellos. Patético espectáculo. Timothy Snyder ve dos razones creíbles para el ataque a Irán: "Destruir la democracia americana o enriquecerse a sí mismo". Éste es el nivel con el que se está haciendo tambalear el mundo. ¿Cómo se explica que en la primera potencia mundial nadie ponga freno a estos delirios? Decía Paul Ricoeur que reflexionar en política significa ser capaz de operar en dos dimensiones: "el entrelazamiento inagotable del mal y de la racionalidad". ¿Es racional la maldad de Trump? O es la expresión de una desazón: ¿la aceleración bélica como forma de estar en el mundo? La lista incluye Venezuela, Irán, Groenlandia, Cuba y enreda que hace fuerte. ¿No hay límite?

Ir a todas para poner en evidencia la impotencia de los demás. ¿Hasta dónde se puede sostener un liderazgo con esa lógica? Lo que no tiene conciencia de los límites –lo que cree que puede permitírselo todo– tampoco tiene conciencia de sus propias fuerzas, hasta que éstas quedan en evidencia. ¿De verdad podrá aguantar indefinidamente el alud de destrucción masiva que ha puesto en marcha? La operación Venezuela ha sido de poco riesgo, con acierto a la hora de escoger a los traidores adecuados, y ya tiene el trabajo realizado: el petróleo en manos de EEUU. Pero el ataque a Irán pone de manifiesto el grado de inconsciencia de Trump. ¿Realmente tenía elementos para pensar que todo sería tan llano como en Caracas? Por ahora no parece haber encontrado al ayatolá traidor que le allane el camino, a menos que Jamenei hijo se rebele contra la memoria del padre. Acaba de llegar y ya habla de irse. Es el delirio de la acción: realizar la guerra como exhibición de poder.

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2. La confrontación es la manera de estar en el mundo de Trump porque en su lógica no hay respeto por nadie más que él mismo. Ni los ciudadanos ni los potenciales socios cuentan. La prudencia –que no es claudicar, sino saber hasta dónde se puede llegar y no ir más allá hasta que se tienen las condiciones adecuadas– es para él vicio de perdedores. Y por eso, si es necesario, pasa página y lo deja todo colgado como si no hubiera pasado nada.

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El gran problema de EEUU ahora mismo es que todo es Trump. El paro institucional que ha provocado ha sido de extrema gravedad. Los demócratas se han fundido en el silencio desde el principio del mandato y los tribunales han tardado en reaccionar a su insolencia. Ahora todo parece pendiente de la primera oportunidad, las elecciones de medio mandato. Los ciudadanos tienen la palabra. ¿Saldrá el Partido Demócrata de su hibernación? El hecho es que Trump ha herido de muerte al sistema de libertades de la democracia americana, con la complicidad de gran parte del poder económico, que le ha ayudado a hacer camino y que ha acabado cediendo ante sus imposiciones.

3. El silencio de China fomenta la idea de que, mientras el exhibicionismo de Trump desprestigia al poder americano, el gobierno de Pekín viaja hacia la condición de primera potencia. Y sumado al perfil bajo de Rusia, favorece la sensación de que una guerra entre grandes potencias es muy improbable. Pero puede ser también la creación de un espejismo inquietante. Todo tiene unos límites: ¿hasta dónde puede llegar Trump sin que los demás se sientan tentados de reaccionar? Nada más falaz que contribuir a creer que hay barreras que nadie se atreverá a pasar. Y Trump, como todos sabemos, sólo se mueve por un motivo: su autocomplacencia. Que tanto le puede permitir dejar correr a Irán de repente, sin explicación alguna, como escalar hasta perder el control de la situación y abrir el descalabro global. Y como dice el historiador Eugene Rogan: "Viejos aliados de EEUU en la región pueden perder su confianza si sufren las consecuencias de una guerra ni deseada ni consentida".

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Decía Paul Valéry en 1919: "Tantos horrores no habrían sido posibles sin tantas virtudes". Es la trágica dimensión de la condición humana. Cuando una sociedad no es capaz de detener los delirios de un hombre con un solo atributo -la vanidad- es que está profundamente enferma. Trump, al parecer, ha pescado a EEUU débiles de anticuerpos contra el autoritarismo y la impunidad. La sociedad americana no puede desentenderse de lo que está pasando, pero la europea tampoco, y en el capítulo de la vergüenza merece un lugar destacado la enésima claudicación de Von der Leyen: "Europa no puede confiar en el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses". ¿Quiere que nos apuntemos a las guerras de Trump?