Huelga de médicos: los problemas del sistema sanitario
El sistema sanitario es uno de los logros más complejos y exitosos de las sociedades democráticas. Complejo porque los conocimientos y, en consecuencia, la capacidad de tratar patologías evoluciona constantemente en beneficio de todos nosotros, y también porque los que formamos parte del sistema sanitario a veces hablamos una jerga indescifrable. Además, los indicadores de la actividad sanitaria no son sencillos de interpretar en su globalidad. Debemos reconocer que hoy tenemos más información de la que somos capaces de procesar para sacar las conclusiones y reconducciones necesarias.
El estado de bienestar, cuando se le empezó a llamar así, buscaba profundizar en la implicación de los ciudadanos en las decisiones colectivas relacionadas con cómo vivir más y mejor. El sistema sanitario de la segunda mitad del siglo XX ha sido una pieza clave para conseguir este segundo objetivo, aunque hay otras muchas acciones en el espacio urbano, en vivienda y en la alimentación que también han participado decisivamente.
No hemos avanzado, sin embargo, en la implicación de la ciudadanía en las decisiones de algunas vertientes de la acción gubernamental, y los sistemas sanitarios son un ejemplo. Como decía al principio, el sistema sanitario se ha vuelto más complejo y cualificado en sus acciones, y se ha creado de facto la idea de que entender esta complejidad es cosa de un grupo reducido. Ni siquiera los no sanitarios que están presentes en algunos órganos de decisión del sistema han logrado implicar a la ciudadanía en el sentido inicial con el que estaba formulado este gran objetivo.
Pero hay muchas cosas que deberían interesar con la misma intensidad tanto a los superexpertos como a los usuarios corrientes: ¿cuál es el objetivo compartido de todos los operadores que intervienen en el sistema sanitario público?, ¿cómo se evalúa la eficacia operativa?, ¿cómo se controla la calidad del servicio prestado?, ¿cómo se mejora la satisfacción del usuario? décadas? Evidentemente, también debería interesarles cómo se reconducen todas las desviaciones de los objetivos definidos, acordados con el más amplio consenso social posible.
No entiendo el cumplimiento de las responsabilidades públicas sin definir con toda claridad los elementos mencionados. Una vez definidos estos elementos y comunicados en lenguaje comprensible, sería posible que los debates no consistieran sólo en las listas de espera y el precio de las guardias.
No digo que no sea importante resolver estos puntos, porque generan un malestar comprensible entre los usuarios y entre los trabajadores sanitarios. Sin embargo, son elementos de segundo orden, porque el gran objetivo de cualquier responsable político de la sanidad es que la ciudadanía defienda como propio el sistema público y que no quiera huir, y –sobre todo– involucrar a los trabajadores hasta el punto de que los cambios para alcanzar la eficacia operativa formen parte de una entrega colectiva y de un orgullo. Una formulación que puede parecer ingenua, pero que señala disfunciones que están en la base de todos los problemas que presenta hoy el sistema sanitario como sistema.
El éxito del sistema catalán, el de las décadas de los 80 y 90, no era sólo que varios actores participaban en un horizonte plenamente compartido, sino que los profesionales, todos ellos con conocimientos científicos e inquietudes sociales, se sentían parte de aquella transformación, y estaban orgullosos de que la política asumiera conceptos Mayo del 68.
Abrir el debate de un estatuto marco sin haber logrado la implicación de nuevas generaciones de científicos puede acabar, y que me perdonen los colegas, con una organización aún más corporativista de la profesión médica. Corremos el riesgo de olvidar que desde el nuevo sistema universitario de Bolonia los enfermeros también son graduados universitarios en ciencias de la salud, siendo por tanto científicos que pueden y deben asumir mucha más responsabilidad y habilidades en tratamientos hasta ahora reservados a los médicos.
Pensar que unos retoques en el presupuesto de gastos generales de un determinado centro de asistencia primaria conseguirá cambiar patologías del sistema que tienen su origen en el ámbito laboral es un error. Es trabajar en sentido contrario a la implicación de los científicos en la evaluación de la eficiencia operativa del equipo al que pertenecen, partiendo de la desconfianza en el criterio científico de los protagonistas, que, no lo olvidemos, son los servadores de uno de los mejores logros de nuestra sociedad evolucionada.
Es cierto que en los últimos quince años han crecido el número de usuarios, la edad de los pacientes complejos, así como la capacidad diagnóstica y las posibilidades de tratamiento. Pero lo que más ha crecido es la distancia entre los directivos –técnicos y políticos– y los equipos a los que hay que involucrar para disminuir las listas de espera y los agravios.