Un grupo de jóvenes vindrando con copas de vino.
12/03/2026
Escritora
2 min

Por razones laborales, convivo y comparto comidas con un grupo de jóvenes de entre veinte y treinta años. En mi vida he hecho comidas con jóvenes, claro, pero siempre eran preparadas o pagadas por mí. En este caso es diferente —comemos con un arañazo a causa del trabajo—, porque puedo observar los usos y costumbres culinarias.

Son jóvenes que han estudiado una carrera o un grado y que ahora tienen trabajo. La mayoría no han "ido de restaurante". No han tenido padres que de forma habitual gastaran en ello. Tienen abuelas que hacen croquetas, sí, pero no tienen "una escudilla" integrada en la memoria y, por tanto, cuando la piden (les gusta y reconforta) no tienen elementos de comparación.

Comen mucha menos cantidad y mucho menos grasa que la generación de sus padres. Para comer o cenar no piden postres porque "se llenarán".

Se han saltado, por desinterés, toda la tendencia de la nueva cocina, con las espumas y las esferificaciones. Lo que ahora queda de todo aquello (un plato cuadrado, la sal negra, un tambor), les sorprende y maravilla.

Valoran la cantidad. Que sobre (y se lo puedan llevar).

No conocen las temporadas y comes de los lugares. Pueden pedir un carpaccio de tomate (tomate cortado muy delgado) con burrata DO Supermercado sin saber que ahora un tomate viene de la nevera.

No beben vino, pero si se lo ofrecen muestran interés. Un vino bien hecho, elegante, de capa baja, pocos grados, puede interesarles.

No les gusta la ceremonia, pero valoran la conversación y las explicaciones.

No gastarían en un menú degustación. En casa se hacen pasta o arroz que les dura tres días.

El cuerpo les importa.

Aceptan de muy buen grado el "relato" del vino natural y les preocupa el cambio climático.

Se ríen de los "grandes" emocionados por los bufetes libres. La cocina, para ellos, está siempre en un contexto de fiesta.

Necesitamos con urgencia que alguien les cuente y cocine platos tradicionales catalanes, bien hechos.

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