Instrucciones para ser una familia perfecta
La Navidad tiene, sin duda, muchas cosas buenas, e incluso entrañables. Soy un firme partidario de sus liturgias. Ahora bien, no se puede negar que estas fechas nos someten a una prueba de estrés familiar, porque cuando debemos amarnos mucho en un espacio reducido, enseguida se ponen de manifiesto las dificultades que experimentan los cerdos espines para darse mutuamente calor sin dañarse con los pinchos. Me parece oportuno que en plena resaca posnavideña, cuando la cotidianidad vuelve a estar en primera línea, nos preguntamos cómo hemos superado la prueba de estrés. Y, ya puestos en el trabajo, nos preocupamos por cómo convertirse en una familia perfecta.
Después de mucho meditarlo he llegado a conclusiones que me parecen irrefutables sobre las instrucciones a seguir por quien quiera gozar de una familia inmaculada. Son las siguientes.
Primera: tener al segundo hijo antes que al primero. La crianza sería mucho más relajada.
Segunda: conseguir que tus hijos nazcan con más sentido común que energía (que nazcan adultos, vaya).
Tercera: dominar las estrategias de la inteligencia emocional con tanta finura que podamos programar los estados de ánimo familiares, y así las horas más relevantes del día (las de acostarse y levantarse) serían las más armoniosas y alegres.
Cuarta: que tener hijos no nos impida pasar toda la noche en un sueño. En las condiciones actuales, cada hijo supone entre 400 y 700 horas de víspera forzada, o sea, entre 50 y 100 noches sin dormir.
Quinta: que sea compatible tener hijos, hacer céntimos y gozar de tiempo libre.
Sexta: que el órgano educativo de nuestros hijos sea el oído, y no el ojo. O sea, que los consejos que ofrecemos a raudales tengan más fuerza de convicción que los ejemplos que damos. Desgraciadamente, nuestros hijos tienden a ser muy parecidos al hijo que fuimos nosotros, y desconectan así que nos ponemos en modo "¿Cuántas veces debo decirte que…?" Es incómodo reconocerlo, pero todos hemos aprendido mucho más de los ejemplos de los padres que de los consejos. En consecuencia, siempre estamos educando, especialmente cuando no nos damos cuenta, porque la verdad de lo que somos suele encontrarse en la espontaneidad de lo que hacemos.
Séptima: que fuera posible traspasar la responsabilidad educativa de los padres, íntegramente, a la escuela o, al menos, a un especialista que la sepa larga. Pero nuestros hijos pasan en la escuela en torno al 15% del tiempo anual. O sea que...
Octava: que la fidelidad no exija esfuerzos y que el amor sea siempre alegre, de modo que nuestros hijos dispongan a manos llenas de ejemplos perfectos de convivencia familiar.
Novena: que el criterio para evaluar nuestra excelencia como padres y madres sea el de nuestras buenas intenciones y no el de nuestras conductas.
Décima, y última: que en la familia siempre haya alguien resignado a ser adulto.
Si estas condiciones les parecen excesivas, tengo una prueba de consolación: si por ser humanos, demasiado humanos, no nos es posible alcanzar la perfección familiar, al menos aspiramos a tener una familia como la de los Simpson. Fíjese que aunque Homer es un adicto compulsivo a la televisión, cada noche cenan en la cocina, todos juntos y sin televisión (ni pantallas), comienzan cada nuevo capítulo sin el lastre lacerante de la memoria de los agravios pasados y, sean cuales sean las chorradas que pueda hacer Homer —y mira que es de ninguno! el amor de su mujer. No tengo ni idea de cuáles pueden ser las razones por las que Marge está tan enamorada de su singular marido, pero sí sé que en la vida familiar quererse es mucho más importante que comprenderse. Y sabes que eres amado de verdad el día que puedes mostrar al otro tus debilidades con la seguridad de que no se servirá para mostrar su fuerza.
En definitiva, si no podemos ser perfectos, aspiramos a ser normales, es decir, a gestionar nuestras neurosis cotidianas sin demasiados aspavientos. Neurótica es, de forma inevitable, toda familia normal, porque, como el niño es el ser con mucha más energía que sensatez para gestionarla, alguien en una familia, como acabamos de decir, debe resignarse a hacer de adulto, y eso cansa. Sí, ser padre o madre cansa. Pero no importa. Quererse es mejor! Si tienes a tu lado alguien que, conociendo milimétricamente tu corrua de defectos, sigue creyendo que vale la pena quererte, ¡ya te ha tocado el gordo!
El primer derecho de un niño es el derecho a tener unos padres algo neuróticos, porque si tuviera unos padres perfectos, ¿con qué ejemplos aprendería a gestionar la imperfecta realidad de nuestro mundo?