19/02/2021

Borrell, una anécdota europea

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Josep Borrell en Bruselas.
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En las últimas semanas nos han llamado mucho la atención las actuaciones del señor Josep Borrell en Rusia. Se ha criticado al mensajero. Tiene poca culpa. Ninguna que no sea la de ser como es, claro. Creído y arrogante, tiene que hacer ruido quieras que no, aunque a menudo sea encendiendo un cohete buscapiés que acaba estallándole en el culo. El gol que Pedro Sánchez coló a la Unión Europea (UE) librándose de él ha sido notable. La UE pretendía nombrar para el cargo a alguien que pasara desapercibido –como se había conseguido con la señora Federica Mogherini y, antes, con la baronesa Catherine Ashton, ambas de ignorada memoria.

El cargo que ocupa el señor Borrell tiene como misión principal representar la “Política Exterior y de Seguridad Común de la UE”. Y como la UE no tiene ninguna política exterior ni ninguna política de seguridad común, el trabajo escasea. Pero tampoco es el caso que, cuando se presta la ocasión, le cuelen bromas pesadas como por ejemplo la de mandarlo a encontrarse con los rusos, para criticarlos... en su casa. Este columnista la última cosa que querría es que le encargaran una misión como esta. La escena que hemos vivido podría venir representada como la de todos los jefes de estado y de gobierno de la UE juntos, en grupo, en un rincón, empujando a Borrell hacia los brazos del oso siberiano ubicado en la esquina opuesta y que, en este caso, venía representado, que se dice pronto, por el señor Serguei Lavrov. Le podemos tener al señor Borrell toda la tirria que quieran, pero en esta vida a veces hay que demostrar un poco de caridad. Cuando le encomendaron esta misión al señor Borrell me lo imaginé replicando como lo hacía el caporal a quien el general había arrestado: “¡Entre mandos no hay putadas!”

Representar la política exterior de un estado significa representar sus intereses, los de cada momento, que, por definición, son cambiantes. Es un trabajo que los catalanes entendemos poco y para el que estamos escasamente dotados. Tendemos a dividir el mundo entre buenos y malos. Entre los que pensamos que nos son amigos –que, de paso, agrupamos en el bando de los buenos– y los que no lo son –a los que categorizamos de malos y, a menudo, de tener pocas luces–. ¿Los españoles? No son del todo amigos pero, si gobiernan las izquierdas, pasan, sorprendentemente, a ser buenos. A los israelíes, que viven rodeados de gente que los querría ver desaparecidos como pueblo –talmente como nos sucede a nosotros–, los hemos ubicado en el bando de los malos –hay que ser burros– y no hay manera de que entendamos por qué actúan como lo hacen. Total, que como no comprendemos nada, nos las van colando una tras otra. Y la culpa siempre es de los demás.

Y ahora toca criticar a la UE por el asunto Borrell. Pero sería bueno que nos diéramos cuenta de que la UE es una entidad en formación. Empezó poniendo en común la producción de hierro y de acero –una manera como otra de controlar la industria armamentista europea–. Después vino la política agrícola común (la PEC) para garantizar la autosuficiencia alimentaria –y para poner fin a las hambrunas que habían asolado Europa periódicamente–. Más tarde se procedió a crear el mercado interior único, una de los hitos más importantes, puesto que implicaba la regulación común de bienes y productos y, por lo tanto, impedía que un estado miembro pudiera negociar solo tratados de comercio internacional, y creaba, inevitablemente, la potencia económica más grande del mundo. Al tener terminado el libre movimiento de bienes, productos y servicios –es decir, ya no hacía falta que te abrieran el capó del coche al pasar por la Jonquera–, se pudo poner en marcha la abolición de fronteras interiores (Schengen). Y como ya los bienes y personas viajaban libremente, fue el momento de crear la moneda única.

Todo esto lo menciono para los desmemoriados, que son muchos y, a veces, parece que no rijan. Los adelantos de la UE no se consolidan hasta que hay un organismo central que quita poder a los estados miembros, como consecuencia de una crisis. Hasta que no sufrimos la crisis del euro no se decidió dar todo el poder regulador al Banco Central Europeo tomándolo de los bancos centrales de cada estado, que, ahora, han quedado como simples delegaciones. La crisis inmigratoria hará regular y controlar mejor Schengen y quitará poder a las autoridades de los estados. Ahora se está en esta fase.

Los intereses exteriores de los estados de la UE son varios y a menudo contradictorios. Pero salvo Francia y Alemania, el resto de estados tienen pocos. La verdadera política exterior común posiblemente pasará por crear, antes, una fuerza militar europea –como propone el presidente Macron–. Habrá que estar atentos. Entonces será el momento de nombrar a alguien serio –el Draghi de los asuntos exteriores europeos–. Antes, no hace falta.

Xavier Roig es ingeniero y escritor

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