Lectura y adolescencia: ¡no es PISA!

Observando a los jóvenes lectores en la biblioteca del instituto pienso en la eterna acusación (“¡es que los jóvenes no leen!”) y la falta de autocrítica de un sector adulto que, según las estadísticas, lee por ocio aún menos (Hábitos de lectura y compra de libros, 2022). Los resultados de las pruebas PISA han provocado un alud de críticas y propuestas sobre cómo fomentar la lectura, especialmente en los centros educativos, pero antes es necesario plantear dos preguntas importantes: ¿qué tipo de lectura queremos fomentar y por qué la queremos fomentar? Quizás no debemos pensar solo en “hacer lectores”, y debemos centrarnos en hacer lectores competentes. Cuando hablamos de lectura, no solo hablamos de novela: hablamos de un universo lector amplio, que incluye distintos géneros, estilos, soportes y formatos. ¿Y por qué queremos que lean? Dice Michèle Petit que la lectura puede ayudar a los jóvenes a ser un poco más sujetos de su propia vida. Este debería ser nuestro objetivo cuando hablamos de lectura y jóvenes: dar el conocimiento y las herramientas a los jóvenes para poder elegir, con una libertad real, si quieren o no quieren leer.

Muchas personas que vienen de entornos lectores pueden pensar que, teniendo bibliotecas públicas, no existen problemas de acceso a la lectura. Pero hay que tener en cuenta que los lectores jóvenes no nacen por generación espontánea; se hacen, en su mayoría, en la infancia, y hay muchos niños que nunca son acompañados a la biblioteca pública, ni tienen libros en casa. La escuela es clave y con frecuencia se convierte en su única vía de acceso a la lectura; es necesario facilitar la formación y el tiempo a los maestros para que los niños tengan contacto con lecturas de calidad que les permitan llegar a la adolescencia con el bagaje y las herramientas necesarias para poder disfrutar y entender qué leen.

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Existen tres factores importantes: el espacio, las lecturas y la mediación. En primer lugar, es necesario disponer de tiempo y espacio de lectura, de distintos tipos y con distintos objetivos, durante el horario lectivo. En segundo lugar, los itinerarios lectores no pueden construirse en torno a lecturas didácticas y moralistas de baja calidad literaria, que promueven valores o lecciones por encima de la literatura (lo que Ana Díaz-Plaja llamó en una ocasión “bistec pedagógico”) , y para poder integrar literatura juvenil contemporánea en los planes de lectura, es necesario conocerla. En tercer lugar, no se puede dejar de lado la mejor actividad para realizar lectores competentes: hablar de las lecturas. La conversación literaria y la labor mediadora en los centros educativos nunca debería ser sustituida por booktrailers y booktubers, ni por aplicaciones o empresas externas a los centros. Para poder fomentar la lectura, es necesario que los docentes se acerquen a sus alumnos para conocer, como sabiamente nos dicen expertas como Guadalupe Jover o Mireia Manresa, cuáles son sus preferencias, hábitos, frustraciones y capacidades lectoras. Leer, conocer lecturas y lectores y conversación literaria: no es ninguna receta mágica, pero funciona.

Dentro del ámbito educativo tenemos que hablar de las bibliotecas escolares, con un impacto en el fomento de la lectura más que demostrado. Es necesario impulsar y dotar de recursos a las bibliotecas escolares; la mitad de escuelas catalanas no disponen de biblioteca escolar, incumpliendo la ley 12/2009 de educación. Algunos niños pueden acceder a bibliotecas escolares de calidad en primaria, pero cuando pasan a secundaria se encuentran con almacenes abandonados de libros viejos. En una etapa en la que crece el desinterés por la lectura, ¿no sería conveniente reforzar las bibliotecas escolares en los institutos? De lo contrario, habría que garantizar que las bibliotecas públicas, que realizan una importante labor de fomento de la lectura y apoyan a los centros educativos, dispongan de recursos humanos, espacios y formación suficientes para poder acercar la lectura al público adolescente y establecer redes con los institutos.

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En el ámbito familiar también podemos ser aliados de la lectura interesándonos por sus lecturas y ofreciendo oportunidades para hablar de ello. Si les regaláis libros, recordad que no existe “un libro que guste a los jóvenes”, al igual que no existe “un libro que guste a los adultos”: son personas con gustos, intereses y habilidades lectoras diferentes. Quizás lo que os gustaba leer a vosotros no coincida con sus gustos (recordemos lo de “la habitación propia” que decía Virginia Woolf). Y hay que predicar con el ejemplo: ¿nos ven leer o somos de los “me gusta leer, pero es que no tengo tiempo”?

Finalmente, habría que ver si en los medios de comunicación y las entidades se está dando suficiente presencia a la literatura infantil y juvenil (LiJ), y si se hace, ¿se está dando la misma importancia a la J de LiJ que a la I? Porque si damos poco valor a la literatura juvenil, no esperemos que los jóvenes le den más. Los adultos tenemos trabajo por hacer. Y tenemos que hacerlo, no porque en PISA salga una puntuación más o menos alta, sino porque se trata de su libertad de elección y tenemos la obligación de garantizarla.