La Casa Amatller como si no hubiera pasado un siglo
25/05/2026
Escritora
2 min

El otro día pasé, una tarde entre semana, por una de las zonas del centro de Barcelona más turísticas. Iba hacia la Casa Amatller para participar en un club de lectura al que me habían invitado. La actividad la organiza Cases Singulars, la entidad que gestiona la agenda en diversos equipamientos patrimoniales de Barcelona, como casas privadas, bibliotecas y palacios.

La Casa Museo Amatller es vecina de la archiconocida Casa Batlló y es donde vivían el industrial Antoni Amatller –de Chocolates Amatller– y su hija Teresa. Se mantiene el mobiliario original de 1900 y sus colecciones de arte.

Antes de llegar hice un paseo por aquel trozo del paseo de Gracia y por Consell de Cent. La zona estaba hasta arriba, como es habitual, y la multitud paseaba embelesada, los brazos cargados de bolsas de las tiendas de lujo, la mirada en lo alto para contemplar los edificios. En Consell de Cent, un hombre negro tocaba el saxo, sentado en un banco, y la banda sonora creaba una atmósfera de película. Hacía buena temperatura, los árboles (o quizás los ambientadores de las tiendas) dejaban ir un olor fresco y dulce. A primera vista todo era bonito, pero solo unos minutos después te dabas cuenta de que estabas paseando por una especie de parque temático o plató de cine. Los escaparates refulgían y los precios que había discretamente en un rincón te hacían desistir del simple gesto de entrar “a echar un vistazo”. Los bares y las cafeterías anunciaban brunch, lunch, snacks, Aperol Spritzy las inevitables tapas. Tampoco me invitaban a entrar a tomar un café que tendría que pagar a precio de oro.

Pensé en todas las veces que he visitado ciudades turísticas extranjeras, París, Roma, Florencia, Praga, Londres, y, desde el autobús, o caminando entre la multitud, me preguntaba cómo debía ser vivir en aquella ciudad, hacer tu vida cotidiana en aquellas calles que admiraba. Ahora nosotros somos ellos. Los barceloneses y el resto de catalanes, cuando caminamos por Barcelona, somos la gente del lugar, que intenta hacer la suya ignorando las multitudes que solo visitan la ciudad por unos días.

Somos los romanos que, en lugar de emocionarse ante el Coliseo, procuran esquivarlo para ir de un lugar a otro. Somos los parisinos que no se acercan a la Torre Eiffel si no es por cuestión de necesidad. Nos ha pasado y ya no hay marcha atrás.

Con estos pensamientos en la cabeza compartí después un buen rato con unas veinticinco personas que habían leído una novela mía. Escondidos en el antiguo estudio de fotografía de Antoni Amatller hablamos de literatura, del paso del tiempo y de la familia, como un pequeño oasis que me volvió a conectar con la lengua y la cultura, con el aparentemente sencillo pero cada vez más inasequible sentimiento de ser quien somos.

Al acabar, uno de los integrantes del club de lectura me regaló un libro. Se titula Els secrets de l’avi y lo ha escrito él, Josep Alonso, porque sus hijos y nietos le pedían que dejara escrita la memoria de una vida bastante singular. Seiscientas treinta y tres páginas y una acuarela hecha por él mismo para ilustrar la cubierta.

Cosas como esta nos ayudan a saber quiénes somos, entre las marcas de lujo y las copas anaranjadas de Aperol Spritz.

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