Un límite infranqueable

Que los disturbios posteriores a las manifestaciones y protestas de estos días -que tienen el encarcelamiento de Pablo Hasél como detonante pero que incluyen una larga diversidad de reivindicaciones- estaban cogiendo un cariz preocupante ya se percibió con el asalto a la comisaría de los Mossos de Vic, el mismo 16 de febrero. Pero ya había larvas de unos niveles más altos de agresividad. Diez días antes se había lanzado un artefacto incendiario contra la sede de la Policía Local de Matadepera y la estación de tren de Vic fue gravemente vandalizada. Y todavía el 31 de octubre una manifestación en Barcelona contra las restricciones anticovid -vinculada por los Mossos a grupos de extrema derecha- ya acabó con 14 detenidos, 23 policías heridos y varios saqueos.

Visto el contexto, lo cierto es que sábado en Barcelona este denominador común que es la violencia -al margen de cualquier reivindicación- superó un límite insostenible, como es poner en riesgo clara e intencionadamente la vida del agente de la Guardia Urbana que estaba dentro del vehículo policial que fue incendiado. Las imágenes son claras: un primer artefacto incendiario que estalla pero lejos de la furgoneta, una bengala que se queda debajo, un segundo artefacto que también se queda debajo pero no deflagra y una persona que lanza líquido inflamable porque, finalmente, las llamas se activen.

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Los Mossos han hecho al menos una detención relacionada con este lamentable hecho. La investigación policial y la actuación judicial (alerta con la tipificación que se haga) ya seguirán su curso. Pero como sociedad nos tenemos que interrogar profundamente alrededor de esta escalada y de este -esperemos- episodio máximo vivido el sábado. Dos entrevistas en la edición del ARA de este domingo aportaban conceptos importantes. El cónsul de los Estados Unidos en Barcelona, Robert Riley, en referencia al asalto del Capitolio, decía: “No solo tenemos que mirar las llamas, sino qué hay debajo. Mucha gente se siente ignorada y no escuchada. Hay que escuchar”. Y el decano del Col·legi d'Economistes de Catalunya, Oriol Amat, hablaba de “desigualdades inadmisibles” en la sociedad. Este paso es imprescindible para hacer un diagnóstico esmerado de la situación.

Con todo, hacer estas reflexiones no implica mirar hacia otro lado ni todavía menos justificar la violencia. Al contrario. Catalunya tiene una fuerte tradición en la cultura de la no-violencia y la resistencia pasiva, y es necesario tenerlo presente. Muchas fuerzas políticas han tenido la tentación en un momento u otro de contemporizar ante ciertas actitudes violentas en función del signo de la protesta. Ahora los ojos están puestos sobre la CUP, que visto el incidente con la Urbana del sábado finalmente ha hablado de un límite que no se puede franquear.

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Todo el mundo coincide que, en paralelo a la lucha sanitaria, hay que ponerse a trabajar para revertir las crisis social y económica, inseparables. Para hacerlo, hay que tener Parlament y Govern, unos presupuestos y empezar a aplicar políticas sociales y de apoyo a las empresas, con una buena gestión del acceso a los fondos antipandemia como elemento primordial. Todo esto no puede convertirse en un silogismo que acabe diciendo que para solucionar los problemas del país hay que cambiar el modelo policial. Este es un debate que hay que hacer en frío. En caliente, toca desescalar la violencia y trabajar.