Alumnos de primaria de una escuela, en una imagen de archivo.
30/08/2026 - 21:00 h.
Psicólogo, educador y periodista
3 min

Estoy a punto de volver a los pasillos de la escuela, de reencontrarme con las compañeras y los compañeros, de pensar sistemáticamente (si es posible, juntos) cómo organizar un nuevo curso. Aparcadas provisionalmente una parte de las tensiones del curso pasado, habrá que recordarnos mutuamente que somos profesionales al servicio de un derecho: hacer posible que todos los niños y adolescentes accedan a las mismas oportunidades educativas. No podemos olvidar que no somos simples contratados para hacer un trabajo; somos maestros en un servicio público —la escuela— que garantiza infancias.

El primer interrogante, sin embargo, que vuelve curso tras curso es cómo será mi alumnado, en qué será diferente del del curso pasado. Tendré que poner al día mis capacidades para observar, escuchar, preguntar. Si los compromisos pactados después de las huelgas se hacen realidad, este curso tan solo tendré que descubrir una veintena de niños. Pero tendré que destinar tiempo a mirar y saber sobre sus vidas, que, ahora, quizás, tienen componentes que desconozco. Y, especialmente, tendré que encontrar tiempo para descubrir las familias (cada vez más diferentes), explicarles la escuela que hacemos cada día y pactar con ellas formas de educar juntos.

Toca repasar todo lo que todos y cada uno de mis alumnos no pueden dejar de saber cuando acabe el curso. Del área de conocimiento que yo domino y de las otras áreas que, integradamente, han de descubrir, comprender, dominar. Es posible que algunas de las formas (didácticas) con las que trabajaba el curso pasado solo sirvan en parte. Pero siempre he ido inventando, compartiendo, nuevas formas de hacerlo. Quizás este año todo quedará un poco más trastocado por la inmersión en las inteligencias generativas. Ahora predominarán las preguntas, las formas de buscar, las curiosidades que tendré que despertar, la manera de saber qué poso va quedando de todo lo que van descubriendo. Quizás las claves serán la curiosidad (como siempre: las ganas de saber por qué pasan las cosas o para encontrar las respuestas que ya existían) y la desconfianza (empezar por no fiarse de nada de lo que aparece en el universo digital de la información).

Tampoco ahora tiene sentido olvidar que la escuela forma parte de un barrio y debería ser una parte de la comunidad. De nuevo, la primera comprobación tendrá que ser si vienen todos los niños o solo los de algunas familias. La diversidad del barrio quizás continuará siendo la uniformidad de la segregación. No olvido que trabajamos para construir una escuela justa en medio de la injusticia.

De la misma manera, no puedo dejar de considerar que se aprende (o no se aprende) a lo largo de todo el día. Que lo que han descubierto en la escuela sirve a la vida y que lo que descubren en la vida no escolar sirve para aprender más y diferente dentro de la escuela.

Me perdí con la lista de profesionales que ahora vendrán a la escuela para atender la colección de etiquetas diagnósticas que todos juntos hemos creado. Espero, sin embargo, que el trabajador social, la psicóloga y los educadores sociales del barrio, del municipio, sean los mismos: ya habían empezado a conocer a fondo la escuela. Hacían una parte de su trabajo aquí y, entre todos, buscaban formas variables de acompañamiento del alumnado y sus familias. No enviaré a la deriva (derivaré) ningún alumno siguiendo ningún protocolo. Espero que los profesionales de la salud mental vengan a hacer "terapia" a la tutoría y que seduzcan a los chicos y chicas para pedir ayuda, si es necesario, a su consulta.

Este año tendré un curso de sexto. Vengan o no vengan a hacer evaluaciones externas sobre nuestro trabajo, sé que toca descubrir y valorar para qué les ha servido haber vivido nueve años de su vida en un entorno como la escuela. No se trata de hacer evaluaciones de resultados, sino de repasar recorridos, historias, procesos. Sé que me tocará trabajar a fondo para reducir el número de los que se marcharán sin ganas de la escuela, negándose a aprender. Sé que, preparando la transición hacia la secundaria, tendré que convencer a todo el mundo de que saben y pueden aprender. Y, cuando llegue junio, tendré que ayudarles a dejar la infancia y a abrir las puertas de la apasionante adolescencia.

No. Ya no soy maestro. Algunas veces vuelvo al aula. Pero estoy seguro de que una buena parte de los profesionales de la docencia del país hacen estas reflexiones estos días, justo cuando se ponen a construir con entusiasmo un nuevo curso.

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