Dos agentes de los Mossos en una imagen de archivo.
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En el caso de las dos agentes de los Mossos infiltradas en una asamblea de docentes, hablar de mal mayor no es ningún juego de palabras con la graduación de Trapero, sino una descripción objetiva de un grave abuso de poder cometido desde las instituciones. En democracia es un mal mayor que la policía, y por tanto el gobierno, actúen contra el derecho a libre reunión: muy al contrario, lo que deben hacer la policía y el gobierno en lo que respecta a la libertad de reunión es garantizarla. No vigilarla. Solo deberían ser vigiladas y perseguidas las reuniones de delincuentes, y no vemos que se infiltren con policías las reuniones de determinados políticos con especuladores y directivos de fondos buitre, por ejemplo. Por otra parte, existe otro requisito democrático que hay que exigir a los gobernantes, y es que no se ponga en cuestión la escuela pública. Los docentes no son ni pueden ser nunca el enemigo de los gobernantes, y si llegan a serlo, o a ser vistos como tales, entonces el error es de los gobernantes, nunca de los docentes. El trabajo de maestros y profesores es uno de los pilares de cualquier sociedad democrática, y el colectivo de los docentes debería ser muy especialmente escuchado en sus reivindicaciones, respetado en sus decisiones y remunerado por el trabajo decisivo que lleva a cabo. La escuela pública no puede ser un espacio de conflicto y de inseguridad, y menos aún un espacio infiltrado por policías de paisano. Ni en las asambleas de docentes ni, por supuesto, en las aulas.El mal menor es el que parecen haber elegido los partidos que apoyan al Gobierno, y también, desde la oposición, Junts. ERC, Comuns y CUP coinciden en pedir el cese o la dimisión del susodicho Trapero, y no van más allá las peticiones de responsabilidades (podrían hacerlo, porque el escándalo es, repitámoslo, grave). Junts sí pide que caigan las consejeras Paneque, Parlón y Niubó, pero son peticiones rutinarias, que no esperan ser atendidas. El Gobierno, por otra parte, ha cerrado filas en torno a Trapero y piensa, en un primer momento, salir del mal paso sin que caiga nadie del organigrama. Illa es un político de una vieja escuela con un axioma: no se cortan cabezas más que cuando ya no hay otro remedio. Desde esta perspectiva, el riesgo de que la situación se pudra es menor comparado con el peligro de mostrar vacilaciones o debilidad por parte del Gobierno. Se opta otra vez, por lo tanto, por un mal que se considera menor (está por ver que lo sea: la putrefacción genera infecciones).En los limbos de los males, en la zona media pero no menos tóxica, está el enjambre conspiranoico ultra, que estos días ha tenido material de sobra para llenar las redes con toda clase de delirios, amenazas y vaticinios alucinados: el hantavirus, el asesinato de una mujer (inmigrante, por cierto) en Esplugues y, ahora, el escándalo de las asambleas de docentes infiltradas por policías. Si esta gente llegan al poder ni que sea con una pequeña parte de su arsenal de mentiras y realidades alternativas, es posible que los bandazos que predican se conviertan en profecías autocumplidas.

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