Escribo este artículo cuando todavía no se conoce la magnitud real de los dos terremotos de Venezuela. Por el momento, el número de víctimas mortales no concuerda en absoluto con el de las personas desaparecidas, lo que hace prever un desenlace terrible. Cada generación acostumbra a vivir, de cerca o de lejos, alguna catástrofe natural que invita a la reflexión, pero las que nos marcan más son quizás las contempladas con ojos de niño. La mía —nací en 1964— presenció en la tele cenicienta del tardofranquismo el terremoto de Managua de 1972. Yo tenía ocho años y recuerdo imágenes espeluznantes, porque en aquel momento no se sufría mucho por herir o dejar de herir la sensibilidad del personal en horario infantil. La dictadura ultracorrupta de Somoza había edificado barrios enteros con materiales precarios, y un terremoto de una magnitud importante, pero no extrema —de 6,2 en la escala de Richter— mató entre 15.000 y 20.000 personas (la cifra real nunca se divulgó) y dejó sin hogar a unas 300.000. Anastasio Somoza se convirtió entonces en una metáfora viviente de la codicia que lleva al desastre. Evocación generacional paralela relacionada con aquel país: poco después triunfaba por estos lares el cantante nicaragüense Carlos Mejía Godoy ("Son tus perjúmenes, mujer...").Muchas generaciones antes que la mía, en el año 1755, otro terremoto, en este caso de dimensiones apocalípticas, arrasó la ciudad de Lisboa. En él perdieron la vida entre 30.000 y 50.000 personas. Aquí las metáforas fueron más allá de la descripción literaria de un hecho luctuoso. En pleno siglo de las luces, aquello tuvo un gran impacto entre los principales intelectuales europeos, que abrieron debates importantes. La catástrofe devino un seísmo intelectual tan profundo como el geológico. La destrucción de la ciudad y la muerte de tantas personas sacudió —y no es ningún juego de palabras siniestro— la confianza ilustrada en el orden racional del mundo. En el Cándido, Voltaire reaccionó con una virulencia sin precedentes, burlando a Leibniz a través del personaje de Pangloss. La catástrofe obligó a repensar la relación entre Dios, naturaleza e historia: ¿es el mal un accidente, una prueba o quizás la constatación de que el mundo no responde a ninguna finalidad moral? La discusión se proyectó en la literatura, la teología y la política, anticipando el giro hacia una sensibilidad cada vez más escéptica. La Ilustración dejó de ser optimista e incluso confiada; Voltaire lo formuló cruda: ante el mal, no se debe buscar consuelo metafísico, sino responsabilidad humana. Las viejas metáforas sobre el progreso y las luces de la razón experimentaron cambios notables. En general, se oscurecieron.
Mientras evocaba la novelita de Voltaire (la leí siendo un adolescente y me gustó mucho) pensaba en quién haría hoy del filósofo francés y quién del alemán Leibniz. Por una cuestión obvia de contextos históricos, sería imprudente establecer una simetría estricta con autores contemporáneos. Un poco a rajatabla, y sin pretensión alguna de localizar un equivalente actual exacto, un buen equivalente de Pangloss/Leibniz sería quizás Steven Pinker, que defiende (con datos) que la violencia disminuye, la salud mejora, la racionalidad avanza y no sé cuántas cosas más; una versión posmoderna del “mejor de los mundos posibles”. Por la banda de Voltaire, y sin movernos del área cultural anglosajona, el papel lo podría hacer, con muchos matices, John N. Gray. Y en Francia, quizás Pascal Bruckner, o incluso Emmanuel Todd.Es muy probable que, tal como ha pasado con otras catástrofes naturales recientes, el sismo mortífero de Venezuela no genere ninguna reflexión sobre cuestiones que nos afectan profundamente. La omnipresencia de la imagen, así como las recreaciones ficticias de los hechos por medio de la inteligencia artificial, hacen que cualquier intento de ir más allá de la inmediatez de los acontecimientos parezca carente de sentido. Si a esto añadimos el plañidero sentimentalismo ambiental que tiende a excluir la reflexión racional, todo hace pensar que no osaremos mirar a los ojos del tema: una realidad que parece más que indiferente a nuestras ilusiones tecnológicas. La Madre Naturaleza es una vieja metáfora que en circunstancias como esta chirría. De hecho, nuestra relación con ella es cada vez más confusa. A fuerza de haber deificado el adjetivo natural hasta el punto de transformarlo en un sinónimo de bueno, olvidamos que hay pocas cosas más naturales que las placas tectónicas y pocas cosas más artificiales que una unidad medicalizada.