¿A quién molesta Sánchez?

La política y la bronca conjugan de manera inexorable. El poder ejecutivo opera con vínculo directo con el poder legislativo, del cual depende, y bajo la mirada atenta del poder judicial. Instalados sobre el complejo sistema de intereses que articulan las sociedades, son espacios de orden, pero también de confrontación: el legislativo es el escenario del debate político, donde se aprueban las leyes y se hacen y deshacen mayorías. El judicial tiene la delicada misión de señalar quién ha desbordado los límites de lo legalmente posible. Y el ejecutivo es el responsable de la acción de gobierno y del control de la sociedad. En este alboroto evidentemente se manifiestan las pulsiones humanas, dotadas como todos sabemos de una compleja economía del deseo: pasiones, las llaman.

El principio de mayoría obliga a una distribución de los actores para hacer posibles las combinaciones necesarias para llegar al poder, que se ha ido expresando con la división derecha/izquierda, pero que en los tiempos actuales está en fase de radicalización, y se ha reducido el espacio de este eufemismo llamado centro. Pedro Sánchez ha desbordado a Aznar en años de gobierno (ya solo le queda Felipe González enfrente) y entra en una situación peculiar: mientras exhibe perfil en el exterior, la escena se le desborda en casa. Confluencia de diversos factores: el desgaste del poder, la crisis de la izquierda, el giro de las derechas bajo la tutela creciente de la extrema derecha y la resaca de los nacionalismos periféricos después del Procés catalán. Todo ello en un momento en que el trumpismo ha propagado la insolencia por el mundo y el paso del capitalismo industrial al digital y financiero está degradando las democracias liberales.

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La extrema derecha cada vez sube más a caballo de la derecha, Feijóo ha hecho de la criminalización del adversario un monotema, Sánchez hace meses que mira al mundo más que a España, y las izquierdas están en fase de desdibujamiento. Y de repente, casualidades de la vida, el poder judicial ha desplegado una serie de actuaciones que han llevado incluso a entrar en Ferraz, la sede del partido socialista, en busca de informaciones comprometedoras. Todo ello genera un cierto aire de perplejidad que, acompañado de las reticencias reiteradas de los nuevos poderes económicos, da la sensación de una movilización, casual, deberíamos creer, que está elevando considerablemente la tensión: "Sánchez, vete ya". ¿Funcionan las corrientes subterráneas entre poderes? ¿Por qué esta prisa? El rostro de Sánchez se tensa por momentos. Dice que dará explicaciones. ¿De qué?