“Esa mueca que llamamos risa”

Rich Rogin, periodista jubilado, vivía con Abigail, su mujer, en el Upper West de Manhattan. El 24 de abril de 2000, lunes, Rich salió a pasear con su perro. El perro se llamaba Harry. Abigail había comprado una correa nueva para Harry. La correa se rompió y Harry arrancó a correr hacia la calzada. Rich se lanzó tras él para salvarle la vida. El coche no arrolló a Harry, el perro, sino a Rich. Su cráneo quedó destrozado y el cerebro, con daño permanente.

Abigail se quedó con Harry, el causante de todo (¿o fue la correa que se rompió?¿o fue ella misma por comprarla?), y con un nuevo Rich: un marido sin memoria y lleno de furia, perdido en sueños incomprensibles, medio ciego y medio sordo, paranoico, atroz.

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¿Se puede hacer humor con esto? Sí, se puede. A ratos. Con algo de poesía y mucha tristeza, pero se puede. Y se debe. Abigail Thomas escribió sobre lo que le ocurrió a Rich, su marido, y lo que siguió ocurriéndole en los años siguientes. También sobre Harry, y sobre otros dos perros que llegaron luego. El libro se titula Una vida de tres perros y no creo que nunca nadie haya lamentado leerlo. En algunos pasajes, uno no sabe si reír o si llorar.

El humor, decíamos. Si acuden al diccionario comprobarán que a estas alturas del siglo XXI aún no se ha encontrado una buena definición para eso que llamamos humor.

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A lo largo de la historia el humor ha tenido mala fama. Recordarán El nombre de la rosa, la novela más célebre de Umberto Eco. Giraba en torno a un libro que se creía perdido, el segundo tomo de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia. El monje Jorge de Burgos no quería que el mundo lo descubriera porque, como Platón y como los primeros teólogos cristianos, catalogaba el humor y la risa como uno de los peores vicios. En el siglo XV, un pensador tan agudo y tan agrio como Thomas Hobbes aún hablaba de “esa mueca que llamamos risa", y la vituperaba.

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El humor empieza a ser rehabilitado, con muchas precauciones, en el siglo XVI, la era de la Razón. Emmanuel Kant liga el humor precisamente a “lo absurdo, lo que no puede ser comprendido por la razón”. En el siglo XIX el humor ocupa a los filósofos. Arthur Schopenhauer dice que consiste en la incongruencia entre el concepto de un objeto y nuestra percepción del mismo. Soren Kierkegaard desplaza el asunto a un terreno ambiguo: el humor es el último paso entre la conciencia existencial y la fe. ¿Queda claro? No, por supuesto.

Poco después, Sigmund Freud elabora su propia teoría y aventura que el humor y la risa son necesarios para liberar tensión nerviosa y expresar “emociones inapropiadas”. Se refiere al sexo, como siempre. Para Freud, los únicos chistes clínicamente admisibles son los verdes.

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Ahora, después del siglo de Auschwitz y las grandes matanzas, nucleares o artesanales, sabemos algo más. Sabemos que en los campos de exterminio nazis, los presos hacían chistes negrísimos sobre su futuro como jabón. Dos judíos caminan hacia la muerte: “No hace falta que nos despidamos, nos veremos de nuevo en la estantería”. Hay un libro maravilloso sobre estos chistes, publicado en Israel con un título perfecto: Sin humor, nos habríamos suicidado. Los chistes de Auschwitz, procedan de las víctimas o de los verdugos, están prohibidos hoy en Alemania. El humor da más miedo que la propia historia.

Un tipo de protohumor puede percibirse, dicen, en los primates y casi con seguridad en los antecesores del humano. Consiste en la agresión simulada como juego, con una mueca (los dientes cerrados, los labios abiertos) que advierte de que se trata justamente de un juego y es precursora de la risa. El humor como herramienta para sobrellevar la vida es, en cualquier caso, exclusivamente humano. Eso nos permite deducir que Schopenhauer no andaba muy equivocado y que el humor brota en el hueco abierto entre cómo son las cosas y cómo deberían ser. Es decir, en la incongruencia.

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Resumiendo mucho, el humor consiste en la sorpresa, justamente el material de que está hecha la vida. La mayoría de los chistes se basan en un inicio previsible y un final (punchline en inglés) del todo inesperado. Un ejemplo de Woody Allen: “El sexo entre un hombre y una mujer puede ser algo maravilloso, siempre que estés entre el hombre adecuado y la mujer adecuada”.

El humor es la mejor forma de explicar esa cosa extraña, brutal e incomprensible que es la existencia. Por eso Ricky Gervais parece a veces el filósofo más brillante de nuestro tiempo. Por eso Abigail Thomas cuenta su terrible historia en Una vida de tres perros de la única forma posible: con una sonrisa.