En el momento de escribir este artículo, y en lo que llevamos de año 2026, se han contado en el estado español catorce mujeres asesinadas por violencia machista. En uno de los casos fue asesinada también la hija de la víctima, de 12 años. En otro, como el agresor prendió fuego al edificio donde vivía la víctima, causó también la muerte de dos mujeres más, la madre de la víctima y una vecina. Con estos catorce casos, la cifra de mujeres asesinadas en España por violencia machista sube a 1.357 desde 2003, que es el año en que comenzó el recuento. Para quien le gusten los datos, en tres de estos catorce casos la víctima y el asesino eran pareja; en los otros once crímenes, eran exparejas o parejas que se estaban separando. También, en solo tres casos, tanto la víctima como el asesino eran extranjeros; en los otros once, tanto la una como la otra eran de nacionalidad española. Por comunidades autónomas, tres crímenes fueron cometidos en Andalucía, dos en el País Valenciano, dos en Aragón, uno en Madrid, uno en Castilla y León, uno en Navarra, uno en Cantabria, uno en Extremadura, uno en Canarias y uno en Galicia. Antes de que alguien cante victoria, que no haya en casa nuestra no quiere decir nada: Cataluña es una de las comunidades con más víctimas, y Baleares una de las que tiene un porcentaje más alto de feminicidios sobre la población. Esto que acabo de escribir se ha convertido en una información rutinaria en los boletines de noticias, que se repite cada vez que se añade un nuevo asesinato a la lista. 1.357 del año 2003 en adelante; 14 de confirmados en fecha 23 de marzo, hace una semana. A menudo, para evitar un poco la frialdad de los números pelados, se comparan los feminicidios con otras matanzas famosas, como las víctimas del terrorismo. Es una manera de lamentar la escasa sensibilidad —o el negacionismo o la demagogia— con que muchos sectores de la sociedad, y algunos partidos políticos (especialmente los de la extrema derecha y asimilados), se toman esta tragedia.Hay otra comparación más directa: ¿qué dirían, muchos de los que niegan la gravedad de la cuestión, si se girase la tortilla y estuviésemos hablando de hombres asesinados a manos de mujeres? ¿Cómo lo verían si en vez de feminicidios —mujeres asesinadas precisamente porque son mujeres— hablasemos de masculinicidios? Se trataría de hombres asesinados por el hecho de ser hombres: por querer separarse de sus esposas o novias, por irse con otra mujer, por quedar demasiado a menudo con los amigos a ver el fútbol en el bar.Si esto pasara (no ha pasado nunca de forma habitual, como a la inversa) la alarma social sería tan enorme, la oleada de lloriqueos y victimismo sería tan estridente y sobreactuada (sobre todo a cargo de los más machos de la ciudad) que se haría insoportable. Imaginémoslo un momento: 1.357 tipos asesinados desde el año 2003 a manos de sus mujeres. A golpes, a cuchilladas, a martillazos, prendiéndoles fuego, arrojándolos por el balcón, a tiros de escopeta, atropellados con el coche. Muertes extremadamente violentas, cometidas con premeditación y ensañamiento. ¿Cómo lo veríais?