Hace años, perder la salud, tener la certeza de que estás más cerca del final no tiene, desde mi punto de vista, ninguna gracia. Quizás la única es el aprendizaje, pero soy de las que piensa que la vida te enseña tantas cosas bonitas y fructíferas que esa enseñanza, la de la fragilidad de tu vida y la de los demás, es bien poco agradecida.
La experiencia te hace entender dos cuestiones básicas: nadie es imprescindible, y tu desaparición —sea provisional o definitiva—, aunque entristezca profundamente a la gente que te quiere, no detendrá nada, no cambiará sustancialmente nada. La vida —supongo que gracias a dios— es una fuerza que empuja a los vivos a seguir adelante, y perdonad la obviedad.
Casi todos hemos vivido con desolación el momento de una pérdida que te hunde y te paraliza, y la consternación que supone constatar que al día siguiente el mundo continúa exactamente como era y que todo el mundo mantiene el ritmo sin alterar el paso. Todo sigue adelante: el metro funciona (no digo los trenes, ya sabéis por qué), los contratos se firman, la tele no altera la programación, los libros se publican, las tiendas de Zara están a rebosar, los niños lloran, los estudiantes se examinan, hay bodas y divorcios, se dan conciertos y conferencias y exposiciones, y en todos los centros sanitarios se diagnostican enfermedades.
A veces, cuando veo pasar a alguien delante de mí por la calle con cara de manzanas agrias, pienso: quizás se le ha muerto alguien. Pero el duelo se mantiene dentro de cada uno, y en torno a la tristeza suele haber una conjura para hacer salir a esa persona del pozo y arrastrarla hacia la vida. Todos llevamos dentro alguna ausencia —el tiempo las va atenuando, pero algunas cuestan mucho de tragar—, pero todos, también, sentimos esa especie de instinto de supervivencia que nos hace pensar, como dicen los de Oques Grasses: "Somos la suerte de seguir aquí".
La literatura del duelo se ha ocupado, y se ocupa todavía, de encontrar las palabras justas para explicar todos estos sentimientos y hacernos sentir un poco menos solos. En algunos casos, como en el magnífico A la natura les coses simplement creixen, de Yiyun Li, sobre el suicidio de los dos hijos de la autora, los escritores nos señalan los errores que podemos y solemos cometer cuando pretendemos acercarnos al dolor de los demás. Yiyun Li describe con crudeza esta especie de obsesión de empujar a quienes viven un duelo hacia el lado luminoso. Escribe con gran lucidez que, cuando ella y su marido estaban viviendo la mayor tragedia, en su entorno algunas personas les reclamaban que dijeran: “Ya no estamos deshechos por la muerte de nuestro hijo, volvemos a ser como vosotros, gente normal, de manera que ahora podemos continuar viviendo como si no hubiera pasado nada y no tenéis que sentiros incómodos en presencia nuestra”.
Poder continuar viviendo como si no hubiera pasado nada; esto es lo que querríamos y esto es lo que no pasará. Cuando perdemos a alguien que amamos, el mundo continúa funcionando y todos acabamos apuntándonos a esta gran farsa “como si no hubiera pasado nada”. Pero la verdad, por incómoda que sea, está ahí, bien viva, quizás más viva que nosotros.