Dejas el móvil una hora, porque tienes que hacer cualquier cosa, como estar en la consulta del dentista o una actividad que no te permite tenerlo pegado a ti, como sí que te lo permiten –o tú haces que te lo permitan– otras actividades, como estar en un bar con amigos, estar en una reunión, pasear, pasear con alguien, estar en el transporte público o hacer una tertulia pagada en la tele. Cuando el dentista ha acabado el trabajo y te explica cómo tienes que cuidarte los dientes escuchas, claro, pero vas a buscar el móvil (lo has dejado, cargándose, en la repisa de los utensilios dentales) y lo desbloqueas (¿cuántas veces al día haces este gesto?). Sin ser consciente te quedas absorto, totalmente absorto, en un mensaje o en otro. Un mensaje tan trascendente como aquello que te está explicando la dentista, pero más adictivo, porque está en la pantalla. En la pantalla todo es más adictivo. Si has quedado con una amiga que te explica su ruptura matrimonial la escucharás a medias, porque en WhatsApp alguien te explicará una ruptura matrimonial. Y la ruptura matrimonial de WhatsApp siempre excitará más partes del cerebro que la que tienes delante. En el móvil será divertido jugar al billar online. Al de verdad, no piensas jugar.
De golpe te das cuenta. La doctora, con quien has tenido una relación cordial durante la visita, con quien has hablado de sus hijos, de libros, ahora ya ha dejado de interesarte. O mejor dicho, la has minimizado. No te has dado cuenta y has dejado que hablara sin escucharla. Te enfadas contigo mismo: tú no eres, no quieres ser, maleducado, pero la has dejado con la palabra en la boca. No lo has hecho conscientemente, claro. Pero lo has hecho. Lo haces. Como has estado una hora sin móvil, has tenido que sumergirte en él corriendo. La doctora sonríe y recoge. De golpe, tu cordialidad ha desaparecido. Has actuado como uno de esos famosos prepotentes que te preguntan cómo estás y cuando te dispones a contestar ya están con alguien otro. Sí, no puedes estar sin el móvil.