El papa León XIV durante una misa celebrada el viernes pasado en Douala, Camerún.
21/04/2026
Filósofo
3 min

Me gustaría pensar que este bello abril de 2026, mientras los medios y las redes sociales recrean una y otra vez la confrontación entre el emperador Trump y el papa León, algunos lectores han recordado –quizás con una sonrisa nostálgica– las páginas deEl nombre de la rosa de Umberto Eco. No precisamente porque la realidad imite la ficción, sino porque, de vez en cuando, la historia retoma viejos episodios con actores nuevos y decorados modernos. El choque entre el poder secular y el poder espiritual, que en el siglo XIV se extendió por toda Europa, resurge ahora en forma de declaraciones subidas de tono y memes truculentos; a pesar de su apariencia contemporánea, algunos tienen un aroma medieval. En la novela de Umberto Eco, el emperador Luis de Baviera y el papa Juan XXII luchan por la legitimidad, por quién puede decir la verdad y con qué derecho puede hacerlo. Atrapados en medio de fidelidades incompatibles, los monjes de la novela de Eco se convierten en testigos y víctimas de un combate que no era solo político, sino también lingüístico: quien controla la palabra, controla el mundo. En aquel libro, la palabra habitaba una biblioteca monacal laberíntica; hoy, cuesta entenderla en medio del ruido mediático. El conflicto entre Trump y el papa León se despliega en un escenario muy diferente –ruedas de prensa confusas, redes sociales, discursos cambiantes–, pero la pregunta de fondo es sorprendentemente similar. ¿Quién tiene la autoridad moral para interpretar el presente, sea el del estrecho de Ormuz o el de la Gaza devastada? ¿Quién puede reclamar la última palabra sobre la comunidad, la fe, la nación, la identidad o esa misma verdad que tiene la mala costumbre de hacernos libres?Transformado por muchos de sus seguidores en una especie de figura imperial de tipo nerónico, Trump actúa como un soberano que no tolera límites ni críticas a su poder omnímodo. El papa León reivindica la Iglesia como contrapeso, como un recordatorio de que hay valores que no se pueden subordinar a ninguna voluntad política. Entre ambos se abre un espacio de tensión que recuerda el laberinto de la imaginaria biblioteca de Eco: un lugar donde cada pasillo conduce a una interpretación diferente, donde la verdad es siempre parcial y donde los libros –o los discursos televisados, o los tuits, o los memes– pueden convertirse en armas de destrucción epistemológica masiva. La comparación con el siglo XIV no es solo una metáfora literaria. Tanto entonces como ahora, el conflicto no se limitaba a dos figuras personales enfrentadas, sino que se extendía como una mancha de aceite por toda la sociedad: esto de la polarización no empezó anteayer... Las comunidades también se dividían, y los –digamos– intelectuales que tomaban partido equivocado acababan en el calabozo. Los rumores circulaban con la misma fuerza –pero no a la misma velocidad, obviamente– que los decretos oficiales. Y, como pasa en El nombre de la rosa, la disputa sobre el poder acababa contaminando la vida cotidiana, haciendo que cada gesto, cada palabra o incluso cada silencio adquiriera un significado político, en general sobreinterpretado.

Quizás la lección más inquietante de esta analogía es que, a pesar de los siglos transcurridos, seguimos atrapados en la misma dialéctica: una autoridad política que quiere imponerse y una autoridad espiritual que quiere limitarla; la tentación de un poder sin freno y la resistencia de otro que no tiene drones ni tanques, pero sí principios mantenidos desde hace 2.000 años. Eco sugería que, en este combate, el conocimiento es el verdadero campo de batalla.Este abril de 2026, mientras el mundo observa la disputa verbal entre el emperador y el Santo Padre, parece que la historia confirma, una vez más, la vieja regla. En el fondo, el paralelismo no es solo histórico, sino también narrativo. Tanto en el siglo XIV como en nuestro presente, el conflicto entre poder secular y espiritual deviene, en efecto, un relato sobre la fragilidad institucional, sobre la necesidad de un rumbo colectivo mínimamente claro, y también sobre el miedo que despierta cualquier autoridad cuando pretende ser absoluta. Es por todo esto que este abril he evocado la ironía erudita que caracterizaba a Umberto Eco. Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. La rosa primigenia resta en el nombre, solo disponemos de nombres desnudos. Leí El nombre de la rosa cuando hacía primero de carrera, y me impresionó (es un texto más difícil de lo que parece, y encajarlo en una película era imposible). Para un personaje como Trump, la cultura es el nombre de la carga, y San Jorge, en caso de que lo conociera, quizás le parecería un intolerable acto de subversión masiva. 

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