03/07/2022

Nucleares no, o sí, ¿o quizás hay que repensar cuándo cerrarlas?

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Central nuclear Asco. Tjerk Van Der Meulen

La guerra de Ucrania ha sido un terremoto que ha hecho cambiar las prioridades en muchos ámbitos, no tan solo el geoestratégico. Uno de los más significativos ha sido el energético, porque de repente la transición verde que estaba planteada a años vista –el objetivo era 2050– se ha tenido que acelerar y la necesidad se sitúa, como aquel que dice, en el invierno que viene. Las sanciones al gas y el petróleo ruso han trastornado los planes de todos los países y han demostrado que nadie estaba preparado todavía para renunciar a los combustibles fósiles, y todavía menos si se sacan de la ecuación las nucleares, como parecía ya un hecho hace solo un año.

Este tipo de energía –que Francia sigue defendiendo y que ahora la Comisión Europea proponía reconocer como “verde” hasta 2045 a pesar de que los europarlamentarios votaron en contra– recibió una herida de muerte con el accidente en 2011 de la central nuclear de Fukushima, en Japón, que hizo que muchos países abogaran para poner fecha al cierre de sus centrales. De hecho, Alemania en teoría tendría que cerrar las últimas centrales que tiene en funcionamiento este año, pero no está claro que esto acabe pasando si se tiene en cuenta que, por ejemplo, se está incluso replanteando recuperar el carbón para evitar el desabastecimiento energético.

La crisis energética fruto de la guerra está interfiriendo en los planes para hacer frente a la emergencia climática. Si los objetivos ya eran discretos y el periodo de transición largo, ahora además está cuajando la tesis de que durante este tiempo habrá que usar energías hasta ahora desterradas para mantener viva la economía. En Catalunya el debate también está latente y estaría bien que saliera a la luz y fuera público y abierto, porque así evitaríamos encontrarnos con los hechos consumados. La realidad ahora mismo es que el 54% de la electricidad producida en Catalunya proviene de las centrales de Vandellòs y Ascó, que está previsto que cierren en 10 años, y estamos a la cola del Estado en renovables. Los proyectos pendientes de tramitación prevén producir 611 MW en energía eólica cuando harían falta 20.000 para cumplir los objetivos en 2050, y 1.400 de fotovoltaica cuando harían falta 30.000. Teniendo en cuenta los complejos procesos de tramitación, inversión, negociación con el territorio y las entidades ecologistas, y el coste de poner en marcha estas instalaciones, hay que acelerar o plantear alternativas.

Si no se quiere hablar de decrecimiento, un debate también abierto, harán falta más esfuerzos también en la ayuda para mejorar la eficiencia energética en los hogares y al transporte. Tenemos planes y proyectos a largo plazo, pero la guerra ha demostrado que no tenemos mucho tiempo y que tendremos que gestionar también el corto plazo. Mantener las nucleares supone un coste de seguridad y actualización. O quintuplicamos desde ahora mismo las renovables –cosa deseable, pero que parece difícil– o hay que ir pensando cómo nos apañaremos los próximos años.