09/10/2021

Oportunidad perdida para los 'comuns'

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Oportunidad perdida  por los comunes

El octubre de 2016 me preguntaba, desde esta misma página, “a qué votaría Ada Colau”. Planteaba que los soberanistas ponían demasiado el acento en el referéndum, como factor aglutinador de mayorías, y en cambio dejaban de lado el debate sobre las diversas opciones para el futuro político de Catalunya. Para los comuns, en 2016, esta era una manera de aplazar un debate incómodo. A los partidos independentistas, les permitía presentarse en Madrid con el apoyo de una mayoría más amplia detrás. Pero con esta forma de actuar, unos y otros solo ganaban tiempo. Yo era de los que creían -y lo pienso todavía ahora- que lo importante no era el apoyo al referéndum, sino pactar una fórmula que garantizara un amplio apoyo al sí.

Es evidente para todos los demócratas que el futuro de Catalunya se tiene que sancionar por la vía de un referéndum. Pero la cuestión no es el cómo, sino el qué. Decidir qué propuesta merece ser puesta a votación. Para los partidos unionistas, una consulta sobre la independencia es un dilema demasiado drástico que dejaría el país dividido en dos mitades irreconciliables. Para los independentistas, un referéndum para actualizar el Estatut de 2006 (opción que, según parece, tiene partidarios en el PSOE) excluiría como mínimo al 52% de los catalanes que votaron independentista en las últimas elecciones.

Ya no estamos en el 2006, y no podemos hacer ver que el Procés no ha existido. Una opción para Catalunya que ignore concesiones al independentismo sencillamente no tiene ningún futuro.

Si los partidos democráticos catalanes fueran capaces de hablar sin instrucciones previas de Madrid, y sin apriorismos, sobre el futuro político de Catalunya, quién sabe si no sería posible lograr una fórmula que, como la Transición, reflejara los consensos básicos de la población. En 1977, para la UCD de Adolfo Suárez, vigilada de cerca por los militares, no fue fácil restaurar la Generalitat y hacer volver a Josep Tarradellas. Fue un gesto valiente y rupturista, que respetaba la fuerza electoral de los partidos autonomistas.

Si hoy en día hiciéramos lo mismo (buscar un acuerdo partiendo de los consensos básicos de la sociedad catalana actual), el gobierno español tendría que asumir algún riesgo basado en el reconocimiento de la fuerza actual de los partidos independentistas. Pero, por desgracia, Pedro Sánchez no tiene la valentía de un Suárez y el PSC no es el de Reventós y Maragall. Los socialistas han preferido el miedo y la represión, antes de atreverse a hablar de política; y sus compañeros catalanes han aplaudido esta actitud.

Ante el silencio y la represión, los partidos independentistas hacen muy bien de no bajar del burro. Tienen la mayoría, y nadie les ha hecho ningúna contrapropuesta. Parece, pues, que el conflicto va para largo, salvo que la mesa de diálogo nos dé una sorpresa mayúscula.

Dando por hecho que el PSC obedecerá todo lo que diga el PSOE (esta es una de las consecuencias más tristes del Procés), sorprende la escasa iniciativa que han mostrado Podemos y los comuns, que, por su posición, su heterogeneidad y la relevancia de algunos de sus líderes, como Ada Colau, habrían podido liderar la búsqueda de soluciones políticas adaptadas a los nuevos consensos. Si en Catalunya es posible una tercera vía, un camino hacia la soberanía compartida y la singularidad, son los comuns los que lo tendrían que haber planteado. En cambio, han decidido agarrarse a los socialistas y practicar un seguidismo total. Es decir, han dado por bueno el inmovilismo del PSOE, incluso después de la consolidación de la mayoría independentista en el Parlament; de tal manera que la alcaldesa, que votó el 9-N y en blanco el 1 de Octubre, ahora ya ni siquiera defiende la autodeterminación.

En la cuestión nacional, los comuns no han hecho nada más que sobrevivir, adaptarse a las circunstancias de cada momento. Y es una lástima, porque su papel habría podido ser mucho más importante.