Aquellos otoños calientes

Si la tendencia climática es la misma que la de este verano, es probable que tengamos un otoño cálido, pero no caluroso en el sentido periodístico habitual. Por diversas razones, este tipo de calores se han acabado. Hace unos días, evocábamos con un amigo de mi quinta las tardores políticamente tórridas de la Transición y las comparábamos con la atonía actual. Teníamos doce o trece años, y todo hervía: las fábricas, las universidades, los barrios, los medios de comunicación. Nada era seguro, pero; incluso la misma ebullición resultaba a menudo equívoca. Hace exactamente medio siglo, en 1976, la dictadura aún existía, pero la sociedad la ignoraba tanto como podía. Cada uno lo hacía a su manera, evidentemente, pero casi nadie confiaba en la viabilidad de aquel artefacto destartalado y, en apariencia, ya superado. Cincuenta años después, esta es quizás la clave fundamental para entender aquel período: la muerte de Franco había dejado un vacío que el gobierno de Arias Navarro no supo llenar de ninguna manera. La cleptocracia continuaba intacta, los partidos seguían prohibidos, las huelgas eran ilegales y la policía repartía leña a diestro y siniestro. Reforzado por años de lucha clandestina, el movimiento obrero convirtió el 1976 en un año de gran conflictividad laboral. Sin ganas de idealizar nada, es cierto que había asambleas multitudinarias en las fábricas, que los comités de barrio articulaban demandas sociales, que la universidad ya era incontrolable de facto... La sensación era que la sociedad avanzaba más rápido que el gobierno. En todo caso, la memoria de la carnicería de Vitoria del 3 de marzo, con cinco trabajadores muertos, planeaba sobre cualquier protesta. La llamada Platajunta, que reunía las principales fuerzas de la oposición, consiguió una coordinación política inédita y convirtió la presión social en una fuerza negociadora real. Vista con perspectiva de cincuenta años, sin embargo, aquella unidad un poco forzada desembocó en el pacto de la amnesia. Se comenzó a gestar justo entonces, y contenía varias bombas de relojería políticas que acabarían estallando décadas después. Para constatarlo con una simple pincelada: el fundador del partido que de aquí muy poco puede gobernar España de la mano de Vox, Manuel Fraga Iribarne, era el ministro del Interior aquel fatídico 3 de marzo... En aquel clima, Suárez entendió que la represión ya no servía. Su estrategia –legalizar progresivamente, negociar con la oposición, etc.– culminó en la ley de reforma política, aprobada en referéndum el 18 de diciembre de 1976. ¿La ley desmantelaba el franquismo "desde dentro", como se ha dicho siempre? Con una perspectiva de medio siglo, es evidente que lo que hacía era retocarlo (como ahora pasando directamente del Tribunal de Orden Público a la Audiencia Nacional, para poner el ejemplo más escandaloso).

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Hoy las movilizaciones existen, pero suelen ser sectoriales. El movimiento obrero, que entonces era una columna vertebral de la vida política, ha perdido peso en una sociedad cada vez más dispersa y precarizada. Y, sobre todo, el objetivo es diferente: en 1976 se luchaba para desterrar un mundo podrido; hoy, las protestas suelen ser más bien una herramienta puntual de expresión de malestar. He aquí el matiz: cambiar las cosas y expresar que no nos gustan son dos actitudes bien diferentes. En todo caso, hay un paralelismo innegable: en ambos momentos, hoy y hace medio siglo, la sociedad percibe que los equilibrios políticos son muy frágiles y que el futuro es incierto. Esta fragilidad y esta incertidumbre no tienen nada que ver con la era de las grandes mayorías de Pujol, Felipe González o Aznar. Hay otra cuestión muy relevante: los otoños calientes ya no son lo que eran porque el malestar social habita ahora sobre todo en las redes sociales, no en las calles. La principal consecuencia de este hecho es la imposibilidad de calibrar si estamos ante una triste gilipollez amplificada por el efecto de reacciones virales intensas pero efímeras, o bien si se trata de problemas reales y con recorrido. Las redes, en todo caso, son útiles... a los estados y a los poderosos. Los ejemplos de Trump y Bolsonaro son indiscutibles, pero la cuestión va más allá de estos dos personajes. La segunda Marcha Verde, la de este verano del 2026, habría sido impensable sin el uso que ha hecho el gobierno marroquí para teledirigir, de acuerdo con sus intereses, entre 60.000 y 80.000 personas, según las estimaciones. Toda una victoria, y no precisamente de la pobre gente que ha arriesgado su vida, o incluso la ha perdido, para ensanchar un reino que solo los considera moneda de cambio.