Padres que hagáis los deberes, ¡os quiero!

Leo que “el mayor estudio mundial sobre los deberes escolares refleja que la implicación de la familia sólo es positiva si refleja la autonomía del alumno”. No si “se empeña en utilizar estrategias distintas del docente” o “asume las tareas”.

En fin. Habría que hablar de ello. La no implicación de la familia –por ejemplo, que les resbale lo que haces– también debe ser negativa. ¡Y eso que la no implicación de la familia, en teoría, refleja la autonomía del alumno! Pero entonces quizás ya no se llama “autonomía”, sino “dejadez”.

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Que un padre tenga estrategias distintas a las del docente me parece la mejor idea. No por nada. Porque el padre tiene derecho a quejarse de que ahora todo es una tifa y que en su época sí se estudiaba geografía. Yo misma, si veo a mi hija estudiar, me quejo de que nunca ha hecho un mapa mudo o un mapa político. ¿Qué cómo estudiar si no se memoriza, qué ha pasado? Ella, claro, puede decirme boomer y me puede llamar carca y me puede decir que no sé nada y que ahora sí sufren, no como antes.

Y entonces ocurre lo otro. La educación no acaba nunca, sigue siempre, siempre, y el progenitor quizás tiene derecho a “hacer” ese trabajo de ese hijo. Aquella cueva prehistórica trabajadísima (hablo de hechos reales) por la que nos merecíamos un manantial. Esa cueva prehistórica que fue tan divertido hacer –porque también nos peleamos– y que llevamos tan orgullosas a la escuela. Recuerdo a los niños de mi clase. Pere Tura, Jaume Poma, Neus Cabedo, Imma Dantí, Carles Bachs, Josep Jordana, Pilar Puig… Muchos de ellos tenían padres geniales que les ayudaban a hacer los deberes, manufacturados, de tecno. Yo me moría de envidia, me moría, qué idea la de tener un padre que te ayuda con el electroimán...