¿Cuándo perdió Europa el tren de la tecnología?
Europa sufre un retraso tecnológico. Eso parece indiscutible. ¿Cuándo perdió el tren? En realidad, no hace tanto. A mediados del siglo XX seguía en primera línea, y en ciertos sectores mantuvo posiciones de ventaja casi hasta el arranque del siglo XXI. Entonces se desplomó.
Cuando se constituyó el conglomerado IG Farben, en 1925, la industria química y farmacéutica alemana no tenía rival en el mundo. Tampoco tenía rival su industria armamentística: cohetes como los V-1 y V-2, utilizados contra el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, causaron asombro. El nazismo proyectaba incluso bombarderos y proyectiles de alcance intercontinental, para lanzar ataques contra Estados Unidos.
Aquello terminó con la derrota nazi. IG Farben, que se había destacado como puntal del régimen de Hitler (desarrolló el gas Zyklon B para los campos de exterminio, utilizó mano de obra esclava y fue la única empresa con su propio campo de concentración), fue troceada por los aliados y las distintas unidades que habían constituido el conglomerado (Bayer, Basf, Hoechst, Agfa, etcétera) volvieron a ser independientes.
En cuanto a los cohetes, los principales ingenieros alemanes (como Werner von Braun) fueron captados por Estados Unidos, que inició gracias a ellos su programa espacial.
Pero no era solamente Alemania. En los años 50, el Reino Unido emprendió un proyecto revolucionario: un avión comercial de velocidad supersónica. La inversión necesaria resultaba excesiva para un país cargado de deudas de guerra y Francia se sumó a la aventura. Entre la británica Bristol Aeroplane Company y la francesa Sud Aviation desarrollaron el Concorde, un avión capaz de volar a 2.000 kilómetros por hora (casi dos veces la velocidad del sonido). El primer prototipo despegó con éxito en 1969.
Como prueba de la proeza tecnológica del Concorde, el proyecto paralelo de la Unión Soviética (que a principios de los 60 aventajaba a Estados Unidos en la carrera espacial) resultó un fiasco: el Tupolev Tu-144 requería tanto combustible que no era viable.
Tampoco era muy viable el propio Concorde. Consumía mucho, era extremadamente ruidoso (varios países lo prohibieron por el estruendo) y los 90 pasajeros viajaban bastante incómodos. Pero el vuelo de Londres a Nueva York duraba poco más de tres horas. Y, en definitiva, la industria europea demostraba su capacidad para mantener el paso de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. La herencia de todo aquello fue el consorcio europeo Airbus.
Los Concorde dejaron de volar en 2003, tres años después de que uno de los aparatos se estrellara cerca de París. Murieron 113 personas. Fue el primer accidente del Concorde, y el último.
En 1966, Francia emprendió en solitario una iniciativa revolucionaria para los ferrocarriles europeos. Japón había creado el tren-bala, el Shinkansen, dos años antes. En 1974, la Societé Nationale des Chemins de Fer (SNCF) y Alstom tenían listo el TGV (Train à Grande Vitesse, o tren de alta velocidad), propulsado por turbinas de gas. Para entonces, sin embargo, había estallado la primera gran crisis del petróleo. Los ingenieros franceses redondearon el alarde convirtiendo las locomotoras en eléctricas.
Otra pequeña maravilla francesa fue el Minitel, lanzado comercialmente en 1982: hablamos de lo más parecido a Internet cuando aún no existía Internet. Se trataba de un pequeño terminal que reunía toda la información de los usuarios de la entonces monopolística PTT: se podía chatear, comprar, hacer reservas…
También en 1982, la compañía finlandesa Nokia fabricó el primer sistema mundial de telefonía móvil. Su ventaja tecnológica permitió a Nokia ser la empresa líder en el sector durante muchos años. Entre 1998 y 2011, nadie vendió tantos teléfonos como Nokia.
Pero, igual que la irrupción de Internet en los años 90 condenó al Minitel, la aparición del I-Phone (2007) acabó con la supremacía de Nokia.
Europa apenas participó en el negocio de los ordenadores personales y quedó al margen de un invento fundamental: el microprocesador, que a partir de los años 70 acabó con las válvulas de vacío y los transistores y en los años 90 se convirtió en la clave de la tecnología contemporánea. Mientras la Unión Europea permanecía absorta con los acuerdos de Maastricht (unión monetaria, mercado único) y con su expansión hacia el este, el mundo dio un vuelco.
Y Europa cayó definitivamente del tren.