Pobreza e impuestos
Luchar contra la pobreza material de tanta gente es un imperativo moral de solidaridad humana. Incluso, por el triste argumento del egoísmo, llegaremos a la conclusión de que es mucho mejor para todos vivir en una sociedad cohesionada que en una partida entre unos cuantos ricos y un montón de pobres.
Los impuestos son el gran nivelador, pero tal, como va el mundo, el objetivo de la igualdad de oportunidades se nos está alejando como la línea del horizonte. Un determinado código postal u origen familiar es casi una condena que la chiquillería de hoy recibirá como herencia la pobreza de sus padres.
El nivel de pobreza en Cataluña es más alto que el de Europa y se cronifica, como confirman las abnegadas entidades del tercer sector catalanas, que van con la lengua fuera porque no pueden ayudar a todo el mundo que lo pide. Y está claro que con los impuestos que pagan las familias que tienen una o dos nóminas y un techo no lo acabaremos. Es más, entre estas familias hay demasiadas que, una vez pagado el alquiler o la hipoteca, son candidatas a entrar en la lista del riesgo de exclusión social.
En estas condiciones, el imperativo moral de toda la clase política catalana es que nuestro país pueda disponer de su enorme esfuerzo fiscal. No se puede apretar más a la gente sin tener en cuenta todo lo que pagamos y no vuelve, y es necesario que la administración sea mucho más eficiente. Pero sobre todo, no se puede creer que la teoría redistributiva de los impuestos aguantará muchos años más de esta concentración de riqueza en unas pocas manos que saben y pueden eludir los impuestos. Pero eso ya pediría un replanteamiento global de aquello que llamamos principio de realidad para no decir capitalismo salvaje.