¿Es posible la reconciliación entre catalanes?

Los hechos de 2017 han dejado heridas. Todavía cuecen. La represión fue dura y se alargó. Generó una fuerte distancia entre catalanes. También fueron sangrientas –y tampoco se han resuelto– las divisiones en el independentismo. Todo esto es un lastre que arrastramos. Y no hay viento de popa: basta con ver el ambiente internacional enrarecido por la suma de pandemia, guerras y crisis climática. Hay que añadir los problemas autóctonos de una barca catalana que hace tiempo que no reparamos. Problemas como los de la educación, la sanidad, la gestión de la inmigración, el retraso en la incorporación de energías renovables, la falta de vivienda asequible, el turismo necesario pero excesivo... Se nos acumulan los pesos muertos, la línea de flotación está en peligro.

Pero lo más grave, lo que nos atenaza, lo que afecta a toda la gobernanza y la armonía social, es la incapacidad de todos juntos de mirar atrás sin rencor. Han pasado siete años desde el 1-O. ¿Cuántos más tendrán que pasar? ¿Cuándo será posible la reconciliación? ¿Cuándo dejaremos de reprocharnos lo que unos y otros hicimos durante el Proceso? ¿Alguien no se equivocó? ¿De verdad alguien cree que no se equivocó en nada?

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Del resultado de estas elecciones también dependerá que se dejen de buscar culpables y se busquen salidas, proyectos compartidos y ambiciosos. ¿Sobre qué pilares? Hay tres troncales: dinero, lengua y soberanía. Ninguno de los tres es fácil. Nada nunca es fácil. Y bien, en la sociedad catalana existe una amplia conciencia de que la financiación lastra la economía y el estado del bienestar. También un reconocimiento extendido y factual de que el uso social del catalán está retrocediendo y poniendo en peligro la viabilidad del idioma. Y después tenemos el cuello de botella de la soberanía: algo habrá que votar algún día. Sólo que lográramos encarar estos tres retos mayúsculos ya nos habríamos hecho un gran favor como país. Un favor reconciliador.

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Lo peor es la parálisis, instalarnos en la impotencia o la trifulca. La fragmentación política y el desánimo social no ayudan a ello. Episodios irresponsables como la no aprobación de los últimos presupuestos son ganas de naufragar. La situación, ni aquí ni en el mundo, está para frivolidades. Toca arremangarse, trabajar codo con codo. Con quienes piensan como tú y con quienes discrepan. Porque no habrá ningún partido que tenga suficiente fuerza popular, es decir, suficiente legitimidad política para ir solo adelante. Cualquier combinación pedirá aglutinar dos o probablemente tres siglas. Tienen que estar dispuestos los líderes, pero también los ciudadanos. Es necesario tenerlo claro antes de votar. La cosa tendrá que ir de sumas, no de más divisiones. Los liderazgos tendrán que ser de verdad aglutinadores. O nos situaremos en un callejón sin salida y en una incierta repetición electoral.

La democracia es la forma dialogante de resolver las discrepancias. Cuanto más hondas, más diálogo reclaman. Las campañas electorales remarcan las diferencias, pero al día siguiente se necesitan denominadores comunes. En Barcelona y en Madrid: porque son vasos comunicantes. Para abordar los tres grandes retos citados es necesaria la sintonía entre la plaza de Sant Jaume y la Moncloa. ¿Sabrán? ¿Sabremos? A ver qué ocurre ahora en la Moncloa con (o sin) Sánchez. Más zozobra.

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En tiempos polarizados es crucial no dejarse arrastrar por los maximalismos populistas, por esa fácil dialéctica de confrontación que tiene el regusto de un testosteronico perfume adolescente. ¿Traidores y soluciones mágicas? Ésta es la fórmula que explota la ultraderecha, sea española –abundante– o nostrada –incipiente–. Las extremas derechas y las derechas extremas son los principales arrecifes para la reconciliación, pero no son los únicos. También los personalismos y los reproches cruzados fruto de la historia reciente. Aparte de si suman o no suman tanto el independentismo como el tripartito de izquierdas –ciertamente, ninguno de los dos está claro que pueda salir adelante–, quizá la vía auténticamente reconciliadora sería un acuerdo de centralidad: PSC, ERC y Junts ( ya ha funcionado con la investidura de Sánchez). Muy difícil, claro. En cualquier caso, alerta. Porque siempre todo es susceptible de empeorar. Véase Madrid. Y ya se sabe que, como peor, peor.