Donald Trump en una celebración de Pascua en la Casa Blanca el 6 de abril.
10/04/2026
Exconsejero de Territorio, de Cultura y de Empresa y exalcalde de Figueras
3 min

“Hay días que nacen sin saber que pueden acabar siendo recordados. Días aparentemente ordinarios, atrapados entre la rutina y la incertidumbre, que transcurren con la misma cadencia de siempre: un beso antes de salir de casa, una preocupación compartida, una promesa lanzada al futuro antes de ir a dormir. Y, sin embargo, algunos de estos días esconden una pregunta inquietante: ¿será este uno de aquellos días que la historia señalará?”

Así de simple nos lo hizo notar Pepa Bueno, justo al final de la edición de su telediario, el atardecer del pasado 7 de abril. Porque aquel día podría haber sido uno. En medio de un contexto internacional marcado por la guerra en Irán y las críticas a Trump, con el estrecho de Ormuz bloqueado y los mercados alterados, el presidente norteamericano acababa de amenazar con una devastación irreparable sobre la civilización persa, si no se atendían sus últimas exigencias. El mundo, de nuevo, ante un precipicio conocido. ¿Punto final? ¿O puntos suspensivos?

Ante esta incertidumbre, la pregunta no puede ser solo qué pasará, sino también qué hacemos nosotros mientras esperamos. Porque la historia no se detiene nunca: avanza, siempre, entre grandes procesos y pequeños gestos cotidianos. Y es en este espacio intermedio, en esta tensión entre lo que podría pasar y lo que aún no ha pasado, donde se define el sentido de todo. Cuando vivimos el presente, raramente somos conscientes de su peso histórico. Los momentos decisivos no suelen anunciarse con claridad; se presentan confusos, contradictorios, incompletos. Solo con el paso del tiempo adquirirán forma y significado. Son los puntos suspensivos...

Al mismo tiempo, se impone otra reflexión más incómoda: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, la idea misma de los derechos humanos se haya podido deteriorar tanto? ¿Qué día volvimos a permitir que la vida pudiera quedar reducida a mera confrontación de intereses?

Quizás una parte de la respuesta radica en la manera como hemos aprendido a mirar el mundo. Discutimos categorías —genocidio, legítima defensa, seguridad— y, al hacerlo, corremos el riesgo de olvidar el hecho esencial: detrás de cada etiqueta hay personas concretas, con nombres, apellidos e historias propias, que pierden la vida simplemente porque alguien se la quita.

La saturación informativa ha contribuido a esta distancia. Expuestos constantemente a imágenes y relatos de violencia, hemos desarrollado una forma de cansancio moral que se confunde con la lucidez. En paralelo, la proliferación de la mentira no ha desacreditado a quienes mienten, sino que ha erosionado la confianza en la posibilidad misma de encontrar la verdad.

A esto se añade la polarización política, que nos lleva a juzgar los hechos no por lo que son, sino por quién los protagoniza. Y, aún más inquietante, la progresiva transformación de la realidad en espectáculo: guerras que se consumen como contenido, conflictos que se perciben con la distancia emocional de un videojuego.

Quizás uno de los síntomas más reveladores de este deterioro es la jerarquización del sufrimiento. Nos conmueve aquello que reconocemos como cercano y familiar, mientras que el dolor ajeno, cuando es lejano o diferente, deviene invisible o como mínimo tolerable. Esta asimetría no es nueva, pero hoy se manifiesta especialmente impúdica.

Ante este panorama, la pregunta sobre la democracia se vuelve inevitable: ¿cómo la protegemos de ella misma? ¿Cómo evitamos que sus propios representantes trabajen en contra suya?

No hay respuestas simples. Pero quizás hay que empezar por reconocer que la democracia no es solo un sistema institucional –en forma de voto y estado de derecho– sino también una práctica cotidiana que depende de la calidad moral y crítica de los ciudadanos. De qué toleramos, de qué normalizamos, de qué decidimos. Y recordar que los grandes colapsos no suelen producirse de manera súbita. Son el resultado de una acumulación lenta de renuncias, de pequeñas concesiones, de líneas que se desplazan imperceptiblemente hasta que, un día, descubrimos que ya las hemos traspasado.

Y, a pesar de todo, la vida continúa. Por mucho que nos abrumen las amenazas, persistirán los gestos mínimos: el afecto, el cuidado, la voluntad de no rendirse. Será en estos espacios donde se mantendrá viva la posibilidad de enderezar las cosas. Porque aún no sabemos qué lugar ocuparán estos días en la historia. Si serán recordados o si se desvanecerán como tantos otros. Pero sí que sabemos una cosa: su significado no dependerá solo de lo que pase, sino también de lo que hayamos hecho nosotros mientras pasaban. Son los puntos suspensivos de los que nos hablaba Pepa Bueno...

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