La retama, Maragall, la lengua, Cataluña
Hago hoy un pequeño paréntesis en mis artículos de economía. Anoche, en el Palau, se estrenó el espectáculo sobre Maragall que he tenido el privilegio de componer y que el diario ARA ha coproducido. Antes de volver a mis temas habituales, siento que debo decir simplemente gracias. A todos.
No lo digo sólo en clave personal sino porque hay momentos en los que un proyecto deja de pertenecer a quien lo ha imaginado y pasa a ser algo colectivo. Ayer tuve esa sensación muy clara.
Ignasi Aragay, en sus palabras iniciales, recordó que la poesía de Joan Maragall es siempre un diálogo. Un diálogo con la naturaleza, con el país, con el sentimiento de la nación. Pero también con su mujer, con su vida cotidiana y con su propio espíritu. Maragall habla con el mundo que le rodea, pero sobre todo entra en relación.
Quizá por eso la palabra que me viene a la mente para describir lo ocurrido ayer es una palabra poco utilizada fuera del ámbito religioso pero muy precisa en el ámbito artístico: comunión.
Cuando funciona, el arte es exactamente eso: una comunión entre los intérpretes (Roger Padullés, Sílvia Bel y Miquel Esquinas), la obra y el público que le acoge. Y también una comunión entre disciplinas, que por un instante dejan de hablar en lenguajes separados. Ayer convivían cuatro lenguajes artísticos: la poesía, la narración, la historia de amor que atraviesa Clara Noble, esposa de Maragall, y la música.
Pero toda comunión necesita un vehículo. Y ese vehículo fue la lengua catalana. De alguna forma, el estreno de ayer acabó siendo menos un debut personal como compositor —que también— y más un pequeño homenaje a la belleza de nuestra lengua, de nuestra cultura, de nuestra forma de amar. Nuestra lengua tiene el don de convertir la palabra en música, la poesía en emoción y la memoria presente.
También fue, desde luego, un homenaje a Joan Maragall. Y a través del poeta, a todos aquellos que amamos nuestra literatura y la tierra que le han hecho posible.
Cuando un espectáculo termina y el público se marcha, lo que queda no es tanto la obra como esa sensación compartida de que durante un rato todos hemos estado dentro de una misma cosa. Quizá sea eso lo que Maragall sabía decir mejor que nadie: la capacidad de la palabra para entrar en relación con el mundo. Por eso acabo con unas palabras suyas, escritas sobre las ginestas, que resumen mejor que cualquier explicación esta forma tan catalana de entrar en comunión con nuestra tierra y fundirnos, así, en una única esencia: Cataluña.
"Me parece que si nos llenáramos muy bien los espíritus del olor de la retama, seríamos más nosotros mismos: así, alegres, francos, buenos, como buenos catalanes; que ella nos purificaría de las taras que tenemos; y que cuando algún forastero quisiera dar idea de nosotros, diría:
—Mirad, es un pueblo cuya flor es la retama».