Que Gabriel Rufián y Sílvia Orriols sean los dos políticos más populares de Cataluña refleja bastante severamente cuál es la situación de nuestra política y, por extensión, el estado de ánimo, el estado espiritual, si lo prefieren, del país. No me extenderé en calificativos en cuanto a la forma de hacer ni al discurso del uno y del otro, ni del portavoz del grupo de Esquerra en el Congreso ni de la alcaldesa –alcaldesa, dice ella– de Ripoll. Basta recordar que son dos estilos populistas y polarizadores. Con esto no quiero decir, de ninguna manera, que sean iguales o equiparables (Rufián no gasta la islamofobia de Orriols), sino sencillamente que no encuentro que sean ejemplos de buena política, ni figuras encomiables. Es significativo también que ni Rufián ni Orriols no sean políticos de ámbito nacional, aunque Orriols tiene escaño en el Parlament. La popularidad de la que hablábamos la han conseguido fuera de la política nacional, entendida aquella que tiene como ámbito y objeto Cataluña. Rufián hace años y años que está en Madrid. Orriols tiene su epicentro en la ciudad de Ripoll. ¿Dónde están los políticos nacionales? Pues todos ellos por debajo de Rufián y Orriols, tal como indica el último sondeo publicado por el ARA. El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ocupa el tercer lugar. Y Carles Puigdemont, el noveno (penúltimo). Oriol Junqueras aparece en una no tan mala cuarta posición. Además, su partido, que gana muchos votos, parece recuperarse del pésimo último ciclo electoral. El problema aquí es otro: Rufián es más popular que Junqueras tanto entre el electorado en general como entre los votantes republicanos en particular. Una pregunta insolente para la dirección de ERC: a la vista de esto, ¿el partido debería esforzarse en parecerse más a Rufián o bien al revés: Rufián debería probar de parecerse más al partido? Añadamos algún otro elemento. El cambio capital que se está operando en Cataluña es el ascenso meteórico de Alianza Catalana, la formación de Orriols. Esto puede cambiarlo casi todo. Una de las consecuencias de este crecimiento, en lo que respecta a la combinación de fuerzas, es que impedirá de todas todas un nuevo gobierno independentista en Cataluña. Quien todavía tenga este sueño que se vaya deshaciendo. Que se olvide por mucho tiempo. Si antes ya era muy complicado, ahora devendrá imposible. No lo habrán conseguido ni el PSC ni el PP ni Vox. Lo habrán conseguido los votantes de un partido que, ves qué paradoja, se dice y se quiere más catalán y más independentista que nadie: Alianza Catalana. Como se puede ver, el paisaje general que dibuja el sondeo del ARA –que concuerda con otros estudios de opinión anteriores– resulta entre extraño y sombrío. Y no, no es un consuelo que en otros lugares, próximos o más remotos, estén peor que nosotros.
Mencionaba más arriba Salvador Illa. Él y el PSC lo tenían todo a favor para despegar, pero no lo hacen. Se encuentran anclados en una posición similar a la que les permitió acceder al gobierno de la mano de ERC y los comunes. Este no ir ni arriba ni abajo, este poco entusiasmo por el presidente y por el partido que gobierna la Generalitat en solitario también nos remite al momento poco luminoso, tan poco ilusionante, que colectivamente estamos atravesando. Los socialistas prometieron hacer funcionar Catalunya después de los años, sentenciaron, de desbarajuste independentista. Cuando alguien promete buena gestión –que es lo mínimo que se puede prometer– y después de dos años la percepción no es de indiscutible eficacia gubernamental, sino de un país a punto del colapso, con las costuras a punto de reventar, no se pueden esperar aplausos.Otra cosa que habrá conseguido Alianza será relegar a Junts per Catalunya, heredero político de Convergència Democràtica, a una escandalosa quinta posición. Los de Orriols llevan tiempo vampirizando al partido de Puigdemont, de donde provendrían la mayoría de sus votos. Ayuda mucho la debilidad estructural que evidencia Junts, que no consigue mostrarse como un proyecto claro, solvente y fiable. Menos aún ilusionante. Visto desde fuera, es como si Junts no hubiera hecho los deberes, como si todo fuera provisional e improvisado. Como si todo estuviera pendiente y a la espera del líder, Puigdemont. Como si todo lo fiaran al día del regreso soñado, como si esperaran un nuevo amanecer. Esta flaqueza de Junts la evidencia el hecho de que, además de marcharse hacia Alianza, sus electores se marchan también, atención, en dirección a ERC. Es como una esponja que no solo no absorbe, sino que pierde el agua que guardaba dentro. No hay ningún otro partido con una parroquia con tantos dubtes.