Samfaina populista con Habermas de fondo

El baile trumpista de Laporta celebrando la victoria, y el rictus de Víctor Font simulando que asume la derrota, nos recuerda que el mundo del fútbol de alta competición está hecho de personajes que no saben ni ganar ni perder. Puesto que mencionamos el trumpismo, la foto de hace unos días de Leo Messi sonriendo junto a Donald Trump dice todo lo que hay que decir sobre los valores que se supone transmite el fútbol. La derecha catalana más trol se hace la ilusión de que ha ganado algo y prorrumpe en cánticos de taberna, porque su debilidad sólo le permite proyectar los complejos sobre el césped de un estadio.

La derecha española –que también es tabernaria, y además, cavernaria y cuartelaria– en Castilla y León ha ganado las elecciones autonómicas, pero la victoria en este caso le ha llevado también un cierto frío de pies. ¿Es posible que Vox haya llegado a su techo? ¿Es irreversible el declive de Feijóo? ¿Se acabó el empuje? ¿Pueden seguir hasta el 2027 manteniendo el fin del sanchismo como único reclamo electoral, sin programa ni propuestas? ¿Están realmente acabados Sánchez y el sanchismo? Son preguntas inquietantes para la derecha ultranacionalista española, con respuestas no necesariamente cómodas. Al PP sí se le confirma, en cualquier caso, lo que ya sabía antes de empezar este ciclo de elecciones autonómicas, que le está saliendo más abollado de lo que pensaban: que el partido supuestamente más importante del sistema político español no puede tomar ninguna decisión importante sin contar con el visto bueno de otro partido (presidencialista, vertical, personalista) de extremo.

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A los Oscar ha ganado Una batalla tras otra, una película con mirada socialdemócrata que hace una caricatura bastante inconsistente y aguada de la extrema derecha y de los grupos de acción directa de la extrema izquierda, a partir de una novela del siempre verboso Thomas Pynchon. Es una obra menor en la filmografía de Paul Thomas Anderson, un cineasta casi siempre excelente, pero siempre mucho mejor que las hinchadas Sinners (que es Abierto hasta la madrugada con ínfulas de discurso antirracista) y Hamnet (uno de esos dramotes que hurgan torpemente el lagrimal del espectador para derribarle la lagrimita). Los Oscar de interpretación (Jessie Buckley, Michael B. Jordan, Sean Penn) nos recuerdan que vivimos tiempos de sobreactuaciones y aspavientos.

Murió hace unos días Jürgen Habermas, gran pensador de la democracia a quien, de entrada, debemos agradecer que no saliera a los papeles de Epstein. El legado filosófico de Habermas es enorme y, en nuestros días, tiene un carácter urgente: el rechazo del cinismo, de la impostura, del abuso de poder y de la razón de la fuerza. Frente a todo esto, y del tirón de la esfera pública (un concepto que él introdujo) hacia lo grotesco y la oscuridad, Habermas propone las ideas de la Ilustración y el ideal de la libertad individual y social como puntales éticos sobre los que construir una democracia deliberativa. Puede no parecerlo, pero esto responde a los hechos comentados anteriormente.