Estos días estamos viendo cómo la crisis de Ceuta está desplomando a Pedro Sánchez. El presidente español había encontrado un tono y un perfil que le permitían aprovechar los vacíos producidos en una Europa que se desplaza descaradamente hacia el autoritarismo posdemocrático. Esto le había dado resultado en España y en el exterior, en un momento en el que las izquierdas se desdibujan aceleradamente. La gestión —y se notaba día a día— desgasta, pero un cierto sentido de la anticipación y un estilo contrapuesto al estado de irritación permanente de las derechas daba margen al presidente.
La invasión de Ceuta, sin embargo, le ha paralizado. Ha reaccionado tarde y mal, y con una actitud servil ante Marruecos que ha desfigurado su imagen de quien siempre llega antes de que cambien las tornas. Después de haber exhibido un liderazgo audaz que hasta ahora le había permitido saltar obstáculos —depositados con la complicidad de una derecha grosera y sin alma—, ahora lo tiene difícil.
La construcción de los liderazgos es determinante en política. Y el secreto está en encontrar el tono que el momento pide. Por eso, en Cataluña, ahora mismo el relato es bien diferente. Si Sánchez subió y resistió confrontándose directamente con las derechas hispánicas en fase de radicalización, aquí el presidente Illa encaró a las derechas catalanas e hispánicas por la vía contraria: el perfil bajo, sin excesos ideológicos y sin apelar a la dinámica del amigo y el enemigo, en un momento en que el independentismo estaba en retirada. Tocaba calma, e Illa vio la oportunidad. Y ahora mismo predomina la baja tensión en la política catalana, hasta el punto de que el proceso independentista queda como una historia más lejana de lo que ha sido. Ciertamente, que la derecha se haya agarrado a Puigdemont le ayuda, porque es, inevitablemente, una figura del pasado que impide que el nacionalismo conservador recupere ritmo. Pero la sensación que empieza a imperar es que la fuerza tranquila —pasada la resaca del conflicto— se puede convertir en un problema para el presidente. Los períodos de perfil bajo son forzosamente pasajeros. Y cada vez es más evidente que quien quiera avanzar deberá subir la sintonía. No basta con el trabajo bien hecho. Si Illa no da un salto hacia la construcción de un relato más allá de la pacificación, se le puede esfumar el reconocimiento, por razones opuestas a las que están frenando la figura de Pedro Sánchez.