Las encuestas de opinión son la traducción política del humor de la opinión pública en un momento determinado, y la fotografía que sale de la encuesta que publicamos estos días en el ARA es la de una sociedad agitada. Se la podría calificar de frustrada. La cuestión es que los síntomas que presenta son los de una sociedad con miedo que reacciona acercándose a los más iracundos. Las encuestas marcan tendencias sociales y en la de YouGov vemos un gobierno con un presidente que no entusiasma, pero mantiene, aunque un poco a la baja, las expectativas del PSC, una Esquerra Republicana que habría tocado fondo y iría al alza y una extrema derecha disparada. Alianza Catalana se sitúa tercera en intención de voto, Vox continúa avanzando y ambos amenazan a Junts.Los juntaires están inmersos en una grave crisis de proyecto y perderían votos a derecha e izquierda.
Evidentemente, el momento en que se ha hecho el trabajo de campo siempre puede influir en las respuestas, y en este caso coincidió con la presentación del proyecto personal de Gabriel Rufián, que se ha apalancado en la comunicación de las redes sociales y el populismo efectista ya sea en la tribuna del Congreso o en los vídeos con el activista Vito Quiles. El resultado es que hace subir a ERC y la mantiene en segunda posición.
Iremos avanzando en la publicación de la encuesta y llama la atención que los liderazgos más populares son para Rufián y la líder de Alianza Catalana, Sílvia Orriols, que aparecen como los políticos mejor valorados. Sería un error atribuir su popularidad solo a la manera de comunicarse. La conexión que han conseguido con la parte más irada de la sociedad requiere que la política tradicional actúe con valentía y afronte las cuestiones que preocupan, que son muchas, pero especialmente el acceso a la vivienda y la inmigración que los populistas han conseguido que se confunda con inseguridad.
Los liderazgos milagrosos y aparentemente fuertes tienen en común la falta de matices, de preparación para la gestión pública y de respuestas cuando las preguntas se sofistican y llegan al detalle de ponerlas en la práctica. Por eso prefieren las filípicas en las redes sociales o las tribunas parlamentarias que las respuestas precisas que formulan los periodistas de los medios serios con sus lectores exigentes.
La popularidad de Rufián es un arma de doble filo dentro de ERC, que puede beneficiarse de ella, pero no puede confiar en la previsibilidad de un lobo solitario. Rufián hace tiempo que va por libre respecto a la dirección del partido, no participa en los órganos de decisión y ni siquiera habla con sus colegas del grupo parlamentario en Madrid. Una cosa es la capacidad de llamar la atención en las redes y otra muy diferente leer proyectos de ley y defender enmiendas con conocimiento de las cuestiones a tratar.
La tendencia que muestra la encuesta es inquietante para el futuro de Junts per Catalunya. Sus electores están abandonando el barco en dirección a Aliança Catalana y también hacia ERC, y sus líderes pierden magnetismo. Junts está intentando recuperar el perfil ideológico de partido de centroderecha en Madrid, pero no está claro que sea suficiente para sus electores, frustrados por el resultado del Procés, huérfanos por el exilio de su líder indiscutible y quizás nostálgicos del talante negociador de la antigua convergencia. La estrategia de pacto y a la vez de confrontación en Madrid necesita algún éxito, quizás la política de control de la inmigración que está en negociación con el PSOE. Pero el caso es que salen perjudicados por la confrontación y a la vez por el sostenimiento del gobierno de Pedro Sánchez, y los votos marchan en dos direcciones. Quizás una vuelta del presidente Puigdemont cambiaría la perspectiva, pero no es la situación de hoy.
La rapidez del crecimiento de la inmigración –especialmente la que no coincide en costumbres y religión con las de la mayoría de catalanes– en algunas poblaciones catalanas se ha convertido en una cuestión a abordar con valentía y sentido común desde la cosa pública. La tensión de las costuras de los servicios del estado del bienestar, mezclada con la islamofobia, es un cóctel peligroso para la cohesión social que ya aparece perfectamente en las encuestas. A falta de tratar los temas con valentía, realismo y poniendo límites a los xenófobos abiertamente por parte de los partidos tradicionales, va aumentando el apoyo a los que responden con rabia y supremacismo. Está claro que las bajas pasiones se entienden mucho más rápido que la necesidad de pagar impuestos para garantizar la cohesión y el ascensor social, la transparencia en la gestión, la exigencia de derechos y deberes y la defensa de un marco cívico común basado en las leyes que nos obligan a todos. Si la oposición parlamentaria quedara en manos de la extrema derecha sería nefasto para el debate político en Catalunya.
Está claro que las encuestas solo muestran tendencias, pero las que se observan no son tranquilizadoras para aquellos que quieran un país próspero, cohesionado y no polarizado.